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la única respuesta personal que recibí del AHMM en más de ocho años de
envíos periódicos. «No grapar los originales —rezaba la posdata—. El envío
correcto es en páginas sueltas con clip.» Me pareció un consejo bastante frío,
pero no carecía de utilidad. Desde entonces no he vuelto a grapar ningún
original.
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Mi habitación de la casa de Durham estaba en el piso de arriba,
siguiendo la pendiente del tejado. De noche me acostaba en la cama, con el
cabezal en la parte más baja (o sea, que si me levantaba de repente me exponía
a un buen chichón) y leía a la luz de una lámpara flexible que proyectaba en el
techo una sombra muy graciosa, en forma de boa constrictor. Algunas noches
no se oía nada en toda la casa excepto el murmullo de la caldera y el ruido de
las ratas correteando en el desván. Otras, mi abuela se pasaba una hora (la más
cercana a las doce) dando voces para que fueran a ver si había comido Dick.
Era su caballo de cuando trabajaba de maestra, y hacía al menos cuarenta años
que había muerto. Yo tenía un escritorio al otro lado de la habitación, con mi
vieja máquina de escribir Royal y un centenar de libros de bolsillo (casi todos
de ciencia ficción) alineados contra el zócalo.
Encima de la cómoda tenía la Biblia que me habían regalado por recitar unos
versículos de memoria, y un tocadiscos Webcor con cambiador automático y
plato verde aterciopelado. Era donde ponía mis discos, casi todo singles de
Elvis, Chuck Berry, Freddy Cannon y Fats Domino. Fats me gustaba mucho;
tenía ritmo y se notaba que se divertía.
Al recibir la nota de rechazo del AHMM, clavé un clavo en la pared de
encima del Webcor, escribí «Happy Stamps» en la nota y la enganché en el
clavo. Después me senté en la cama y puse I'm ready, de Fats. La verdad es
que estaba bastante contento. A la edad en que todavía no hay que afeitarse, el
optimismo es una respuesta perfectamente legítima al fracaso.
Cuando tuve catorce años (y me afeitaba dos veces por semana, hiciera
o no falta), el clavo de mi pared ya no aguantaba el peso de todas las notas de
devolución que había ido acumulando. Lo sustituí por uno más largo y seguí
escribiendo. A los dieciséis ya había recibido algunas notas con mensajes a
mano un poco más alentadores que el consejo de no grapar y usar clips. La
primera de las notas esperanzadoras era de Algis Budrys, a la sazón director
de Fantasy and Science Fiction, que leyó un cuento mío titulado «La noche
del tigre» (creo que inspirado en un episodio de El fugitivo donde el doctor
Richard Kimble trabaja en un zoo o un circo limpiando jaulas) y escribió: «El