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King para que no se vaciara el pozo de detrás de la casa (claro que daba igual
el agua que lleváramos, porque el muy jodido se secaba cada verano), quién
visitaba a los Brown o los Hall y quién esperaba la visita veraniega de algún
familiar. Dave también publicaba secciones de deportes, pasatiempos,
información meteorológica («la temporada está siendo muy seca, pero dice el
granjero Harold Davis, vecino nuestro, que como en agosto no llueva como
Dios manda, ni que sea una vez, sonreirá y le dará un beso a un cerdo».),
recetas, un relato en entregas (escrito por mí) y los chistes de Dave, con
auténticas perlas.
En su primer año de vida, la letra de Dave’s Rag era violeta, porque se
imprimía en una placa de gelatina que recibía el nombre de hectógrafo. Mi
hermano, sin embargo, no tardó en llegar a la conclusión de que el hectógrafo
era un coñazo: Lo encontraba demasiado lento. Hasta de pequeño, con
pantalones cortos, Dave no soportaba las interrupciones. Cada vez que Milt, el
novio de nuestra madre («más cariñoso que listo», me dijo un día mamá,
meses después de quitárselo de encima), se quedaba parado en un
embotellamiento o un semáforo, Dave asomaba la cabeza desde el asiento
trasero del Buick de Milt y exclamaba:
—¡Pasa por encima, tío Milt!
De adolescente, el tiempo que había que esperar para que «se
refrescara» el hectógrafo entre página y página (proceso durante el cual la
tinta se deshacía hasta quedarse pegada a la gelatina en forma de membrana
violeta, como la sombra de un manatí) ponía a Dave frenético. También tenía
muchas ganas de incluir fotos. Era buen fotógrafo, y a los dieciséis años ya
revelaba solito. Montó un cuarto oscuro en un armario, de cuyo minúsculo
interior, con peste a productos químicos, salían fotos que en muchas ocasiones
sorprendían por su claridad y su composición. ( El retrato de la contraportada
de Posesión donde aparezco con un ejemplar de la revista que contiene mi
primer relato publicado, lo hizo Dave con una Kodak vieja y lo reveló en el
taller del armario.)
Además de las frustraciones que acabo de referir, el ambiente insalubre
del sótano hacía que las placas de gelatina del hectógrafo tuvieran tendencia a
incubar y alimentar colonias de una especie de esporas muy raras, aunque a
diario, después de la sesión de imprenta, tomáramos la precaución de tapar el
puñetero y tortuguil aparato. El lunes podía presentar un aspecto
perfectamente normal, y el fin de semana haberse convertido en algo digno de
un cuento de terror de H. P. Lovecraft.
En Brunswick, que era donde iba al instituto, Dave encontró una tienda
en donde vendían una imprenta pequeña de tambor. Funcionaba... más o
menos. El original se redactaba a máquina en un papel especial que vendían en