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una tienda de material de oficina del pueblo al precio de 99 centavos por hoja.
La tarea de mecanógrafo solía recaer en mí, porque escribía a máquina con
menos errores. Las hojas especiales se enganchaban al tambor de la imprenta,
se embadurnaban con la tinta más apestosa del mundo y ¡venga a dar vueltas a
la manivela hasta que se cayera el brazo! En dos noches conseguíamos el
mismo resultado que en una semana de hectógrafo, y aunque la imprenta fuera
una guarrada no parecía infectada por ninguna enfermedad mortal. Dave’s
Rag ingresó en su breve edad de oro.
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Mi interés por el proceso de impresión era escaso, y nulo el que me
inspiraban los misterios del revelado y posterior reproducción de fotografías.
Mis aficiones tampoco englobaban la instalación de accesorios
automovilísticos, la elaboración de la sidra o la puesta en práctica de una
fórmula determinada con el objetivo de averiguar si era capaz de enviar un
cohete de plástico a la estratosfera. (Por lo general no conseguían llegar ni al
otro lado de la casa.) Entre 1958 y 1966, mi gran pasión fue el cine.
Cuando los cincuenta cedieron el paso a los sesenta, cerca de Durham
sólo había dos salas, ambas en Lewiston. La de estreno era el Empire, donde
pasaban películas de Walt Disney, superproducciones bíblicas y musicales con
cuerpos de baile de aspecto irreprochable danzando y cantando en formato
panorámico. Si me llevaba alguien iba (porque bueno, una película siempre
era una película), pero no acababan de gustarme. Eran aburridamente
saludables. Y previsibles. Durante la proyección de Tú a Boston y yo a
California, mi mayor deseo era que Hayley Mills se encontrara con el Vic
Morrow de Semilla de maldad. ¡Al menos habría animado un poco el cotarro!
Intuía que la navaja de Vic, y su mirada penetrante, habrían dado a Hayley una
perspectiva más sensata sobre sus insignificantes problemas domésticos. De
noche, en mi cama de debajo del tejado, mientras oía el viento entre los
árboles o las ratas correteando en el desván, no soñaba con Debbie Reynolds,
Tammy o Sandra Dee haciendo de Gidget, sino con Yvette Vickers en Attack
of the Giant Lecches («El ataque de las sanguijuelas gigantes») o Luana
Anders en Dementia 13. A mí que no me vinieran con ñoñerías, mensajes
optimistas y Blancanieves y los siete enanitos. A los trece años quería
monstruos que devoraran ciudades, cadáveres radiactivos salidos del mar
comiéndose a los surfistas y chicas de aspecto barriobajero y sujetador negro.
Películas de terror, de ciencia ficción, historias de pandilleros, de
perdedores en moto... Lo que me daba marcha era eso. Y no había. que
buscarlo en el Empire, que estaba en la parte alta de Lisbon Street, sino en el