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otro extremo, en el Ritz, entre las casas de empeño y a poca distancia de
Louie’s Clothing, donde me compré las primeras botas beatle en 1964. La
distancia entre mí casa y el Ritz era de veinte kilómetros, y durante ocho años,
entre 1958 y 1966 (año en que obtuve el anhelado carnet), hice autoestop casi
cada semana. A veces me acompañaba mi amigo Chris Chesley, pero no
siempre. Yo sólo fallaba por causas mayores, como estar enfermo. Fue en el
Ritz donde vi I Married a Monster from Outer Space, con Tom Tryon, The
Haunting, con Claire Bloom y Julie Harris, y Los angeles del infierno, con
Peter Fonda y Nancy Sinatra. También vi a Olivia de Havilland sacándole los
ojos a James Caan con un par de cuchillos improvisados (era Lady in a Cage),
vi a Joseph Cotten resucitando en Canción de cuna para un cadáver, y el
suspense de ver si Allison Hayes seguía creciendo hasta romper toda la ropa
(en Attack of the 50 Ft. Woman) me dejó sin respiración (pero no sin interés
lúbrico). El Ritz ofrecía todo lo bueno de la vida. Era cuestión de sentarse en
la tercera fila, permanecer atento y no parpadear en el momento equivocado.
A Chris y a mí nos gustaban todas las películas de terror, pero
sentíamos debilidad por aquella serie de la Universal con títulos de Edgar
Allan Poe y Roger Corman de director. Prefiero no decir «inspirada» en Edgar
Allan Poe, porque apenas contienen nada relacionado con los relatos y poemas
del escritor. (Con El cuervo hicieron una comedia, y no es broma.) A pesar de
ello, las mejores de la tanda (The Haunted Palace, The Conqueror Worm, La
máscara de la muerte roja) se distinguían por un clima alucinógeno de
misterio. Chris y yo teníamos un nombre para calificarlas, convirtiéndolas en
un género aparte. Había westerns, películas de amor, de guerra... y «películas
de Poe».
—¿Te apetece ir al cine el sábado por la tarde? —preguntaba Chris—.
¿Hacemos autoestop y vamos al Ritz?
—¿Qué dan? —preguntaba yo.
—Una de motos y una de Poe —contestaba él.
El programa, huelga decirlo, parecía hecho a mi medida. Bruce Dern
alucinando en una Harley, y Vincent Price igual de alucinado pero en un
castillo encantado a la orilla de un mar tumultuoso. ¿Se le podía pedir más a la
vida? Con suerte, hasta salía Hazel Court con camisón escotado de encaje.
Entre todas las «películas de Poe», la que nos causó una impresión más
honda fue El péndulo de la muerte, con guión de Richard Matheson, formato
panorámico y en tecnicolor. (En 1961, el año de su estreno, aún predominaban
las películas de terror en blanco y negro.) Era una película que partía de
ingredientes góticos clasicones, pero que los convertía en algo especial. Es
muy posible que fuera la última película buena de terror hecha por un gran
estudio antes de que apareciera George Romero con una producción