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independiente muy violenta, La noche de los muertos vivientes, e introdujera
cambios irreversibles en el género (algunos para bien y la mayoría para mal).
La mejor escena, la que nos dejó tiesos a Chris y a mí en las butacas, era la de
John Kerr excavando el muro del castillo y descubriendo el cadáver de su
hermana, enterrada, cómo no, viva. No se me ha olvidado el primer plano del
cadáver rodado con un filtro rojo y un objetivo deformante que alargaba la
cara, figurando un grito silencioso y estremecedor.
Durante el largo regreso (si tardaba mucho en cogerte alguien podías
llegar a caminar seis o siete kilómetros y llegar a casa de noche) tuve una idea
fabulosa: ¡hacer un libro a partir de El péndulo de la muerte! La novelizaría
siguiendo el ejemplo de Monarch Books, que habían editado libros sobre
clásicos tan inmortales del cine como Jack the Ripper, Gorgo y Konga. ¡Pero
atención, que no pensaba limitarme a redactar mi obra maestra!
¡También la imprimiría en la imprenta del sótano, para venderla en el colegio!
¡Toma!
Dicho y hecho. Con la minuciosidad y la paciencia que me granjearían
futuros elogios de la crítica, elaboré mi versión novelesca de El péndulo de la
muerte en dos días, escribiendo directamente en las hojas especiales que
servían para imprimir. No ha sobrevivido ningún ejemplar de tan singular obra
maestra (al menos que yo sepa), pero creo que constaba de ocho páginas a un
solo espacio y los párrafos estrictamente imprescindibles (recuérdese que cada
hoja costaba 99 centavos). Imprimí por los dos lados, como en un libro
normal, y añadí una carátula con el dibujo rudimentario de un péndulo
goteando manchas negras (y la esperanza de que pareciera sangre). En el
último momento me di cuenta de que se me había olvidado hacer constar la
editorial. Entonces mecanografié los palabras «A V.I.B. BOOK» en la esquina
derecha de la carátula. V.I.B. significaba «Very Important Book» (Libro Muy
Importante).
Hice una tirada de unos cuarenta ejemplares, y en mi feliz inconsciencia
ni se me ocurrió estar infringiendo ninguna ley sobre plagio y derechos de
autor. Casi toda mi actividad mental estaba enfocada en el dinero que ganaría
si El péndulo de la muerte tenía éxito en el cole. Las hojas de imprenta me
habían costado 1,71 dólares (me parecía un derroche espantoso gastar una hoja
entera sólo para la página del título, pero llegué a la dolorosa conclusión de
que había que cuidar la imagen, saltar a la palestra guardando las formas); el
papel, más o menos 50 centavos, y las grapas nada porque eran robadas a mi
hermano. (Una cosa era tener que enviar los cuentos a las revistas con clip, y
otra un libro de verdad, cosa seria.) Tras honda reflexión, decidí que V.I.B. #1,
El péndulo de la muerte, de Stephen King, se comercializaría al precio de 25
centavos. Calculé que podía vender diez ejemplares (el primero a mi madre,