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que no me fallaría), es decir, que sacaría dos dólares y medio. Los beneficios
netos quedarían en 40 centavos, lo suficiente para financiar otro viaje
educativo al Ritz. Si vendía dos más podría comprarme una bolsa grande de
palomitas y una coca-cola.
El péndulo de la muerte se convirtió en mi primer best-seller. Fui al
cole con toda la tirada en la cartera (en 1961 debía de ir a octavo, en un
edificio nuevo de cuatro aulas), y a mediodía ya llevaba vendidas dos docenas.
Al final de la hora de comer, cuando ya había corrido la voz sobre el cadáver
enterrado en la pared («Contemplaron horrorizados los huesos de las puntas de
los dedos, comprendiendo que había muerto escarbando frenéticamente para
salir»), eran tres las docenas. Sentía el peso de nueve dólares en calderilla al
fondo de mi cartera (donde estaba escrita casi toda la letra de The Lion Sleeps
Tonight) y caminaba como en sueños, sin poder digerir mi repentino ascenso a
tales y tan insospechadas cumbres de riqueza. Parecía demasiado bueno para
ser verdad.
Efectivamente. Al final de la última clase, que acababa a las dos, me
llamaron al despacho del director, y ahí se me dijo que no podía usar el
colegio de mercado, y menos (dijo la señorita Hisler) vendiendo porquerías
como El péndulo de la muerte. Me sorprendió muy poco su actitud. La
señorita Hisler era la maestra del colegio donde había hecho yo quinto y sexto
(una sola aula, en Methodist Corners), época en que me había sorprendido
leyendo una novela de adolescentes rebeldes con bastante ramalazo
sensacionalista (Hijos de la calle, de Irving Shulman) y me la había quitado.
Se repetía la situación» y me enfadé conmigo mismo por no haberlo previsto.
Había metido la pata hasta el fondo.
—Lo que no entiendo, Stevie —dijo ella—, es que escribas esta basura.
Tú escribes bien. ¿Por qué desaprovechas tus facultades?
La señorita Hisler había hecho un canuto con un ejemplar de V.I.B. #1,
y lo movía de tal manera que parecía que hubiera doblado un periódico y
estuviera regañando al perro por haberse meado encima de la alfombra.
Esperaba una respuesta (la pregunta, dicho sea en su descargo, no era del todo
retórica), pero yo no supe qué decir. Estaba avergonzado. Desde entonces me
he pasado muchos años (creo que demasiados) avergonzándome de lo que
escribía. Me parece que hasta los cuarenta no entendí que casi todos los
escritores de novelas, cuentos o poesía de quienes se ha publicado siquiera una
línea han sufrido alguna u otra acusación de estar derrochando el talento que
les ha regalado
Dios. Cuando una persona escribe (y supongo que cuando pinta, baila, esculpe
o canta), siempre hay otra con ganas de infundirle mala conciencia. No tiene