31
mayor importancia. Y conste que no pontifico. Sólo pretendo dar mi visión de
las cosas.
La señorita Hisler me dijo que tendría que devolver todo el dinero. Yo
obedecí sin rechistar, hasta en los casos en que el comprador (varios de ellos,
para satisfacción del que suscribe) insistía en quedarse su ejemplar de V.I.B.
#1. Al final perdí dinero, pero al llegar las vacaciones de verano imprimí
cuatro docenas de ejemplares de un cuento nuevo y original «The Invasion of
the Star-Creatures», y los vendí todos menos cuatro o cinco. En el fondo, sin
embargo, no se me había pasado la vergüenza. Tenía en la cabeza la voz de la
señorita Hisler preguntándome por qué quería desaprovechar mi talento, por
qué quería malgastar el tiempo, por qué quería escribir basura.
19
Escribir las entregas para Dave’s Rag era divertido, pero mis demás
deberes periodísticos me aburrían. A pesar de ello, podía decirse que había
colaborado en una especie de publicación; corrió la voz, y en mi segundo año
de instituto en Lisbon me puse al frente de la revista del colegio, The Drum
(El tambor). No recuerdo que me dejaran escoger. Creo que fue un simple
nombramiento. A Danny Emond, mi ayudante principal, le interesaba la
revista todavía menos que a mí. Sólo le gustaba la idea de que el aula cuatro,
que era donde trabajábamos, estuviera cerca del lavabo de chicas.
—Cualquier día se me va la bola, cojo un hacha y entro, Steve —me
dijo en más de una ocasión—. ¡Chac, chac, chac!
Una vez añadió, quizá para justificarse:
—Es donde se levantan las faldas las más guapas del instituto.
Me pareció un comentario tan estúpido que hasta podía ser sabio, como
un koan zen o los primeros cuentos de John Updike. Bajo mi dirección, The
Drum no prosperó. Yo entonces ya era propenso a alternar épocas de pereza
con otras de laboriosidad desenfrenada. Durante el año escolar de 1963-1964
The Drum sólo publicó un número, pero era una monstruosidad más gruesa
que el listín de Lisbon Falls. Una noche en que tenía que redactar pies de fotos
para The Drum, hartísimo de «Noticias del centro» y «Nuevas incorporaciones
al equipo de animadoras», y de los escarceos poético-escolares del subnormal
de turno, monté por mi cuenta una revista satírica. El resultado fueron cuatro
páginas bautizadas como The Village Vomit, parodia del Village Voice. Fue un
arranque de humor idiota que me metió en el único lío gordo de todos mis
años de instituto. También propició la clase de escritura más provechosa que
se me haya impartido jamás.