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En el más puro estilo de la revista Mad, llené el Vomit de cotilleos
falsos sobre el profesorado del centro, usando apodos que el alumnado
reconocería enseguida. El señor Ricker, por ejemplo, el profesor de lengua (y
el integrante más educado del cuerpo docente), pasaba a ser «el Vacas»,
porque su familia era dueña de la lechería Ricker. Me pasó lo mismo que a
todos los humoristas bisoños: que me dejé arrastrar por el ingenio. ¡Qué gracia
tenia! ¡Había que llevar el Vomit al colegio y enseñárselo a los amigos! ¡Sería
el desternille general!
La verdad es que sí, que se desternillaron. Yo tenía algunas ideas muy
acertadas sobre lo que hacía reír a los alumnos de instituto, y las había
reflejado en The Village Vomit. En un articulo, la mejor vaca de raza Jersey
del señor Ricker (el profesor de lengua, cuya familia tenía una lechería)
ganaba un concurso de pedos en la feria de Topsham; en otro despedían al
profesor de biología (el señor Diehl) por meterse ojos de feto de cerdo por la
nariz. Humor en la mejor tradición swiftiana, como se apreciará. Qué
sofisticación, ¿eh?
Durante la cuarta hora reían tanto tres amigos míos que la señorita
Raypach, alias «la Rata», se acercó sigilosamente al fondo de la sala de
estudio para averiguar la causa de su hilaridad y les confiscó The Village
Vomit, donde yo, movido por un orgullo desmedido o una ingenuidad casi
inverosímil, había hecho figurar mi nombre como redactor jefe. Por segunda
vez en mi carrera estudiantil, me convocaban al despacho al final de las clases
para pedirme cuentas por algo que había escrito.
Esta vez me había metido en un lío bastante gordo. Casi todos los
profesores se inclinaban por tomarse bien mis bromas (hasta Diehl estaba
dispuesto a olvidar lo de los ojos de cerdo), pero hubo una excepción. Se
trataba de la señorita Margitan, profesora de taquigrafía y mecanografía para
las niñas, que infundía respeto y temor a partes iguales. Siguiendo la tradición
de las maestras de antaño, la señorita Margitan no pretendía ser amiga,
psicóloga ni inspiradora de sus alumnas. Su trabajo era enseñar una serie de
técnicas comerciales, y se proponía ajustar la labor docente a una serie de
reglas: las suyas. A veces las alumnas de la señorita Margitan tenían que
arrodillarse en medio del aula, y si no les llegaba la falda al suelo, volver a
casa y cambiarse. La señorita Margitan no se dejaba ablandar por ninguna
súplica o lágrima. Tampoco había argumentos capaces de modificar su visión
del mundo. Sus listas de alumnas castigadas eran las más largas de todo el
colegio, pero sus alumnas figuraban sistemáticamente en el cuadro de honor, y
solían conseguir buenos empleos. A la larga, muchas le tomaban afecto.
También había otras que la odiaban, y han seguido odiándola hasta hoy. Las
de la segunda categoría la llamaban «la Gusano», como debían de haber hecho