33
sus madres. Pues bien, The Village Vomit contenía un artículo que empezaba
así: «La señorita Margitan, a quien todo Lisbon apoda, afectuosamente, la
Gusano...»
El señor Higgins, nuestro director (que, siendo calvo, recibía en el
Vomit el simpático apelativo de Bola de Billar), me dijo que la señorita
Margitan estaba muy ofendida y molesta con mi artículo. Por lo visto, la
ofensa no le impedía recordar una admonición bíblica: «Mía es la venganza,
dice la profesora de taquigrafía.» Añadió el señor Higgins que le había pedido
expulsarme.
En mi manera de ser se mezcla una especie de salvajismo con el
conservadurismo más profundo, como dos cabellos en una trenza. La
responsable de redactar el Village Vomit y llevarlo al cole era mi parte loca,
mi Mr. Hyde. Ahora la muy lianta había hecho mutis por el foro, y quedó el
doctor Jekyll haciendo cábalas sobre la reacción de mi madre, su mirada de
pena al enterarse de que me habían expulsado. Era urgente no pensar más en
ella. Iba a décimo curso, tenía un año más que casi todos los de la clase y
estaba entre los más altos (1,85 m). Anhelé desesperadamente no llorar en el
despacho del señor Higgins, porque el pasillo estaba lleno de alumnos
curiosos observándonos por la ventana: al señor Higgins detrás de la mesa, y a
mí en la silla de los niños problemáticos.
Al final, la señora Margitan se conformó con una petición formal de
disculpas y dos semanas de castigo para el desgraciado que se había atrevido a
llamarla Gusano en letra impresa. Mala cosa, pero como todo en el instituto.
Cuando estamos dentro, como rehenes en un baño turco, el instituto nos
parece (salvo excepciones) lo más serio del mundo. Hay que espiar a la
segunda o tercera reunión de ex alumnos para empezar a darse cuenta de lo
absurdo que era todo el montaje.
Uno o dos días más tarde me hicieron pasar al despacho del señor
Higgins y tuve que enfrentarme con la profesora. La señorita Margitan estaba
tiesa como un palo, con sus manos artríticas en el regazo y sus ojos grises
taladrándome. Al verla me di cuenta de que se diferenciaba en algo de los
demás adultos. Primero no supe precisarlo, pero comprendí que tenía delante a
una mujer inmune a cualquier halago o maniobra. Más tarde, tirando aviones
de papel con los demás castigados y castigadas (resultó que no era tan grave),
llegué a la conclusión de que era muy sencillo: a la señorita Margitan no le
gustaban los niños. Nunca había conocido a nadie que les tuviera tan poca
(nula) afición.
Diré, por si sirve de algo, que mis disculpas eran sinceras. Comprendía
que mi artículo había ofendido gravemente a la señorita Margitan. Dudo que
me odiara (debía de estar demasiado ocupada), pero era la representante de la