34
National Honor Society, la organización que aglutinaba a todos los alumnos
que destacaban por méritos académicos y personales, y a los dos años, cuando
apareció mi nombre en la lista de candidatos, me vetó diciendo que la Honor
Society no era para chicos «de sus características». El tiempo me ha
convencido de que tenía razón. Es muy probable que una persona que ha
llegado a limpiarse el culo con ortigas desentone en un club de gente elegante.
Desde entonces no he querido saber casi nada del género satírico.
20
No había pasado una semana desde el final de mi castigo y ya volvían a
convocarme al despacho del director. Fui con el corazón en un puño, sin saber
en qué otro lío me había metido.
Al menos esta vez no quería verme el señor Higgins. La convocatoria
procedía del orientador del instituto. Dijo que mi caso había sido objeto de
discusiones, con el objetivo de encauzar mi «pluma inquieta» por vías más
constructivas. Él se había puesto en contacto con John Gould, el director del
semanario de Lisbon, y se había enterado de que había una vacante en la
sección de deportes. Si bien el instituto no podía «insistir» en que aceptara,
toda la directiva coincidía en que era buena idea. La mirada del orientador
contenía un aviso: «Acepta o atente a las consecuencias.» Quizá fueran
paranoias mías, pero han pasado cuarenta años y me parece que no.
Contuve un gemido. Primero Dave’s Rag, luego The Drum, y ahora el
Weekly Enterprise de Lisbon. Mi obsesión no era el agua, como Norman
Maclean en El río de la vida, sino los periódicos. Claro que no podía hacer
nada. Comprobé que la mirada del orientador fuera la que me había parecido,
y contesté que tendría mucho gusto en hablar con el director del periódico.
Gould me recibió con una mezcla de recelo e interés. Dijo que, si yo no
tenía inconveniente, nos pondríamos mutuamente a prueba.
Como estaba lejos de los despachos del instituto, apelé a cierto grado de
sinceridad y le dije al señor Gould que no sabía mucho de deporte. Él
contestó:
—Piensa que la gente va al bar, se emborracha y entiende los partidos.
Sólo tienes que esforzarte un poco.
Acto seguido me entregó un rollo enorme de papel amarillo para
escribir a máquina las crónicas (me parece que sigo teniéndolo) y prometió
pagarme medio centavo por palabra. Era la primera vez que me ofrecían
dinero a cambio de escribir.
Los primeros dos artículos que presenté versaban sobre un partido de
baloncesto en cuyo transcurso un jugador del instituto había superado el