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récord de puntos del centro. Uno era la típica crónica, y el otro un apunte
sobre el partido que había hecho Robert Ransom, el detentor del nuevo récord.
Le llevé los dos a Gould el día después del partido, para que pudiera tenerlos
el viernes (que era el día en que se publicaba el semanario).
Gould leyó la crónica, corrigió dos detalles y la descartó. Después, bolígrafo
en ristre (grande y negro), acometió la lectura del articulito de fondo.
Los dos años que faltaban para acabar el instituto me depararían muchas
clases de literatura, y la facultad muchas de narrativa y poesía, pero aprendí
mas en diez minutos con John Gould.
Ojalá conservara el artículo, porque merecería enmarcarse con las
correcciones, pero guardo un recuerdo bastante claro del texto y de su aspecto
después de que Gould lo hubiera repasado con el bolígrafo negro. He aquí un
ejemplo:
Anoche en el popular gimnasio del instituto de Lisbon, la
hinchada local y la de Jay Hills reaccionaron con el mismo asombro
ante una proesa deportiva sin parangón en la historia del centro. Bob
Ransom, cuya estatura y puntería le han granjeado el apodo de
«Bob, el Bala», marcó treinta y siete puntos. No, no han ustedes
leído mal. Lo hizo, además, con elegancia, rapidez... y una
educación poco frecuente, que se tradujo en dos únicas personales
en toda su búsqueda caballeresca de un récord que no se había roto
en Lisbon desde los años de Corea...
(1953)
Al llegar a «los años de Corea», Gould interrumpió la lectura y me
miró.
—¿De qué año era el último récord? —preguntó.
Suerte que yo tenía mis apuntes.
—De 1953 —contesté.
Gould gruñó y siguió corrigiendo. Cuando terminó de marcar el texto
tal como aparece encima de estas líneas, levantó la cabeza y vio algo en mi
cara. Debí de parecerle horrorizado, pero estaba en éxtasis. Pensé: ¿por qué no
hacen lo mismo los profesores de lengua? Era como el «hombre visible» que
tenía Diehl en su mesa del aula de biología.
—Oye, que sólo quito lo que está mal, ¿eh? —dijo Gould—.En general
es muy correcto.
—Ya —dije yo, refiriéndome a las dos cosas: a que en general era muy
correcto y a que sólo quitaba lo que estaba mal—. No se repetirá.
Él rió.