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—Pues entonces nunca tendrás que ganarte la vida trabajando. Podrás
dedicarte a esto. ¿Quieres que te explique alguna de las correcciones?
—No —dije yo.
—Escribir una historia es contársela uno mismo —dijo él—. Cuando
reescribes, lo principal es quitar todo lo que no sea la historia.
El día en que presenté mis primeros dos artículos, Gould dijo otra cosa
interesante: que hay que escribir con la puerta cerrada y reescribir con la
puerta abierta. Dicho de otra manera: al principio sólo escribes para ti, pero
después sale afuera. Cuando ya tienes clara la historia y la has contado bien (al
menos dentro de tus posibilidades), pertenece a cualquier persona que quiera
leerla. O criticarla. Si tienes mucha suerte (ahora es una idea mía, no de John
Gould, pero creo que él habría suscrito el concepto), serán mayoría los que
prefieran lo primero a lo segundo.
21
Justo después del viaje de fin de estudios a Washington, conseguí un
empleo en la fábrica textil Worumbo, de Lisbon Falls. No me apetecía nada
(era un trabajo duro y aburrido, y la fábrica un antro pegado a las aguas
contaminadas del río Androscoggin, como en las novelas de Dickens), pero
necesitaba un sueldo. Mi madre ganaba una miseria haciendo de gobernanta
en un asilo de enfermos mentales de New Gloucester, pero estaba decidida a
enviarme a la universidad, como a mi hermano David (Universidad de Maine,
promoción del 66, cum laude). La educación, a su manera de ver, casi era
secundaria. Durham, Lisbon Falls y la Universidad de Maine, que estaba en
Orono, formaban parte de un mundo pequeño donde seguía haciéndose vida
de barrio, y donde el vecindario compartía alegrías y penas gracias a que las
líneas telefónicas que enlazaban con el exterior aún se agrupaban por cuatro o
seis abonados. En el otro mundo, el grande, los jóvenes que no iban a la
universidad eran enviados a ultramar para participar en la guerra no declarada
del presidente Johnson, y muchos volvían a casa dentro de una caja. Mi madre
aplaudía la «guerra contra la pobreza» de Johnson («es la mía», solía decir),
pero no sus proyectos en el sudeste asiático. Un día le comenté que quizá me
conviniera alistarme, alegando que obtendría material para un libro.
—No seas burro, Stephen —me contestó—. Con la vista que tienes te
matarían al primer tiro. Muerto no se puede escribir.
Lo decía muy en serio. Su decisión, tomada con la cabeza y el corazón,
era inamovible. Pedí becas, pedí préstamos y entré en la fábrica, teniendo
claro que con los cinco o seis dólares semanales que sacaba informando sobre
torneos de bolos para el Enterprise no llegaría muy lejos.