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Durante mis últimas semanas de instituto, mi jornada era más o menos
la siguiente: levantarse a las siete, salir de casa a las siete y media, salir del
cole a las dos, fichar en la tercera planta de Worumbo a las 2.58, empaquetar
telas durante ocho horas, salir a las 11.02, llegar a casa hacia las doce menos
cuarto, cenar un bol de cereales, caer rendido en la cama, levantarse a la
mañana siguiente y vuelta a empezar. Llegué a hacer unos cuantos turnos
dobles, dormir una o dos horas en mi Ford Galaxie del 60 (heredado de Dave)
antes de las clases y, después de comer, pasarme la quinta y sexta hora
durmiendo en la enfermería.
La llegada de las vacaciones de verano mejoró bastante el panorama,
entre otras cosas porque en la fábrica me cambiaron a la sala de tinte, que
estaba en la planta baja y tenía una temperatura treinta grados inferior. Cogía
telas de lana y las teñía de morado o azul marino. Seguro que en Nueva
Inglaterra aún hay alguien que guarde en el armario una chaqueta teñida por
un servidor. No fue el mejor verano de mi vida, pero conseguí que no se me
comiera la maquinaria ni me cosieran los dedos las máquinas grandes que
usábamos para la tela sin teñir.
Durante la semana del 14 de julio cerró la fábrica. Los empleados de
Worumbo con cinco o más años de antigüedad disfrutaron de una semana de
vacaciones pagadas. Los que bajaban de los cinco recibieron la propuesta de
sumarse a una brigada de limpieza que adecentaría la fábrica de arriba abajo,
incluido el sótano, que no se había tocado en cuarenta o cincuenta años. Yo
no creo que lo hubiera rechazado (pagaban un cincuenta por ciento más), pero
antes de llegar a los alumnos de instituto, que se marcharían en septiembre, el
capataz ya tenía ocupadas todas las plazas. A la semana siguiente, cuando me
reincorporé al trabajo, me dijo uno de los de la sala de tinte que me lo había
perdido.
—En el sótano había ratas como gatos —dijo—. Te juro que hasta
alguna como un perro.
¡Ratas del tamaño de un perro! ¡Caray!
Tocando a su fin el último semestre de instituto, hechos los exámenes
finales y con mucho tiempo libre, me acordé de lo que me había contado el de
la sala de tinte sobre las ratas de debajo de la fábrica (como gatos, y hasta
perros) y empecé a escribir un cuento que titulé «El último turno». Sólo era
una manera de amenizar una tarde de finales de primavera, pero a los dos
meses me compró el cuento la revista Cavalier por 200 dólares. Antes ya
había vendido dos, pero en total sólo había cobrado 65 dólares. Era el triple, y
de golpe. Me quedé alucinado. Era rico.