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Si se le ocurría a alguien preguntar al poeta por el «significado» del
poema, se exponía a una mirada de desprecio y al silencio incómodo del resto
del grupo. Es evidente que no les habría quitado el sueño la posibilidad de que
el poeta fuera incapaz de explicar algo sobre el mecanismo de la creación. Si
se insistía en ello, el autor o autora podían contestar con toda tranquilidad que
no existía ningún mecanismo, sólo la emoción seminal: primero hay una
montaña, luego no hay ninguna montaña, luego sí. Y si el poema resultante
peca de vago, si se basa en la premisa de que las palabras genéricas como
«soledad» tienen el mismo sentido para todos... pues nada, tío, pasando de
rollos anticuados y a disfrutar. Era una actitud que a mí me convencía bastante
poco (pese a no atreverme a decirlo en voz alta o explícitamente), y me alegro
comprobar que a la chica guapa del vestido negro y las medias de seda
tampoco. No es que se plantara y lo dijera, pero tampoco hacia falta. Se
notaba en lo que escribía.
Los integrantes del taller celebraban dos o tres reuniones semanales en
el salón del profesor, Jim Bishop. Éramos alrededor de una docena de alumnos
y tres profesores, trabajando en un ambiente de igualdad maravilloso. Antes
de cada sesión se pasaban los poemas a máquina y se mimeografiaban en el
departamento de literatura. Gracias a ello podíamos seguir por escrito la
lectura de cada poema por su autor. Reproduzco uno de los que
escribió Tabby ese otoño:
CÁNTICO GRADUAL PARA AGUSTÍN
Despierta en invierno al oso más delgado
la risa dormida de las langostas,
la algarabía de las abejas soñando,
el perfume meloso de la arena del desierto
que lleva al viento en su matriz
hacia los montes lejanos, las casas de Cedro.
El oso ha oído una promesa en firme.
Hay palabras comestibles; alimentan
más que la nieve amontonada en bandejas de plata
o el hielo desbordando fuentes de oro. No siempre son
[mejores
las esquirlas de hielo en la boca de un amante,
ni un desierto soñando eternamente espejismos.
El oso, despierto, entona un cántico gradual
tejido con arenas que conquistan ciudades
en virtud de un lento ciclo. Su alabanza seduce
a un viento que pasa de viaje hacia el mar
donde un pez, cautivo en su red minuciosa,
oye el canto de un oso en la nieve de tibios aromas.