41
La lectura de Tabby fue recibida en silencio. Nadie sabía muy bien
cómo reaccionar. El poema parecía atravesado por cables que tensaran los
versos casi hasta hacerlos zumbar. La combinación de lenguaje elaborado e
imágenes delirantes me pareció emocionante y esclarecedora. El poema de
Tabby, por añadidura me hizo sentir menos solo en mi convicción de que la
buena literatura podía ser embriagadora sin renunciar al hilo conductor de las
ideas. Si hasta el más serio del mundo es capaz de follar como un loco (es
más: puede perder la cabeza en el torbellino del acto), ¿por qué a un escritor
no puede írsele la olla y seguir siendo una persona cuerda?
Del poema también me gustó su ética del trabajo, señal de que escribir
poesía (o cuentos, o ensayo) tenía tanto que ver con fregar suelos como con
los episodios míticos de revelación. En A Raisin in the Sun, la novela de
Lorraine Hansberry, hay un fragmento donde un personaje exclama: «¡Quiero
volar! ¡Quiero tocar el sol!», y su mujer contesta: «Primero cómete los huevos
fritos.»
Durante el debate que siguió a la lectura de Tab, vi que la autora
entendía su poema. Tenía plena conciencia de qué había querido decir, y lo
había dicho casi todo. Estaba familiarizada con san Agustín por dos frentes: su
formación católica y sus estudios de historia. La madre del santo (que también
fue canonizada) era cristiana, y el padre pagano. Antes de su conversión,
Agustín sólo buscaba dinero y mujeres. Después de ella siguió batallando con
sus impulsos sexuales, y es conocida su «oración libertina», donde pide:
«Señor, hazme casto... pero no todavía.» Sus obras ponen el acento en la lucha
del hombre por renunciar a la fe en sí mismo a favor de la fe en Dios. Y en
ocasiones se comparó con un oso. Un gesto típico de Tabby, cuando sonríe, es
bajar la barbilla, con el resultado de que pone cara de saber mucho pero al
mismo tiempo está monísima. Me acuerdo de que en el debate lo hizo y dijo:
—Además me gustan los osos.
Lo de que sea un cántico gradual quizá responda a que el despertar del
oso también es gradual. El oso es fuerte y sensual, aunque delgado, porque
está desfasado de tiempo. Cuando le pidieron que explicase su poema, Tabby
dijo que en cierto modo puede entenderse el oso como símbolo de la tendencia
humana, incómoda y maravillosa tendencia, a soñar lo adecuado en el
momento menos oportuno. Son sueños difíciles por inoportunos, pero lo que
prometen es maravilloso. El poema también insinúa que los sueños tienen
poder: el oso posee la fuerza necesaria para seducir al viento, consiguiendo
que lleve su canción a un pez atrapado en una red.
No pretendo sostener que «Cántico gradual» sea una obra maestra
(aunque sí me parece un buen poema). Viene a cuento reproducirlo porque era