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escacharrando el motor y pulsé el botón de parada de emergencia. Después
abrí la compuerta y saqué una montaña de batas y gorras verdes de médico
mojadas, quedando a mi vez hecho una sopa. En el fondo del compartimiento
del medio quedaron varios objetos con aspecto de componer una dentadura
humana completa. Se me ocurrió que eran perfectos para un collar original,
pero al final los tiré a la basura. Mi mujer ha tenido que aguantarme muchas
cosas, pero su sentido del humor no es ilimitado.
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Desde el punto de vista económico, tener dos hijos quizá no fuera lo
más sensato para dos licenciados que trabajaban en una lavandería y en el
turno de tarde de Dunkin’ Donuts. Nuestra única ayuda provenía de revistas
como Dude, Cavalier, Adam y Swank, las que mi tío Oren llamaba «revistas
de tetas». En 1972 enseñaban bastante más que pechos desnudos, y la sección
narrativa estaba de baja, pero tuve la suerte de subirme a la última ola.
Escribía después del trabajo. Cuando vivíamos en Grove Street, cerca de la
lavandería, a veces también escribía un poco a la hora de comer. Parece
sacado de la biografía de Lincoln, pero tampoco era tan duro. Lo cierto es que
me divertía. Hasta los cuentos más tétricos eran una manera de descansar del
jefe, el señor Brooks, y de Harry, el responsable de sala.
Harry no tenía manos, sino ganchos, porque durante la Segunda Guerra
Mundial se había caído en el rodillo. (Quitaba el polvo encima de la máquina
y perdió el equilibrio.) Como era un poco payaso, a veces iba al lavabo y
ponía un gancho debajo del grifo del agua fría y el otro en el del agua caliente.
Luego se te colocaba detrás sin que lo oyeras, mientras estabas llenando las
lavaderas, y te aplicaba los dos ganchos a la nuca. Rocky y yo gastábamos
mucho tiempo en conjeturas sobre la manera que tenía Harry de ejecutar
determinadas tareas de higiene en el lavabo.
—Bueno —dijo Rocky un día en que estábamos los dos en su coche,
bebiendo el almuerzo—, al menos no tiene que lavarse las manos.
Había veces (sobre todo en verano, al tomarme la pastilla de sal de la
tarde) en que tenía la impresión de repetir la vida de mi madre. Solía
tomármelo a chunga, menos cuando estaba cansado o se me acumulaban las
facturas. Entonces me deprimía y pensaba: ¿Para esto he nacido? No puede
ser. Luego me decía: Media humanidad piensa lo mismo.
Los relatos que vendí a las revistas para hombres entre agosto de 1970
(cuando recibí el cheque de doscientos dólares por «El último turno») y el
invierno de 1973-1974 eran lo único que nos separaba de la asistencia social, y