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por poco. (Mi madre, republicana de toda la vida, me había contagiado su
aversión a las ayudas del gobierno, que Tabby compartía en cierto grado.)
El recuerdo más nítido que conservo de esos años es volver de Durham
un domingo por la tarde y entrar en nuestro piso de Grove Street después de
pasar el fin de semana en casa de mi madre. Debió de coincidir con la época
en que empezaban a declararse los primeros síntomas del cáncer que acabaría
con ella. De ese domingo guardo una foto donde sale mamá cansada pero de
buen humor, sentada en el porche con Joe en las rodillas y Naomi firmemente
plantada al lado de la silla. Por la tarde Naomi ya no estaba tan firme. Se le
había infectado un oído y ardía de fiebre.
El lento camino desde el coche a la puerta fue un momento bajo. Yo
llevaba en brazos a Naomi, y una bolsa grande con el equipo de supervivencia
para bebés (biberones, pañales, pijamas, 3 camisetas, calcetines); Tabby
cargaba con Joe, que le había vomitado encima. También arrastraba una bolsa
de pañales sucios. Los dos sabíamos que Naomi necesitaba «el líquido rosa»,
que era como llamábamos a la amoxicilina líquida. «El líquido rosa» era caro,
y no teníamos ni un duro. Lo que se dice ni uno.
Conseguí abrir la puerta de la calle sin soltar a mi hija, y cuando hacía
maniobras para entrar con ella en brazos (tenía tanta fiebre que era como
sostener una brasa contra el pecho) vi la punta de un sobre saliendo del buzón,
cosa rara, porque el sábado no solía haber correo. Los matrimonios jóvenes
reciben pocas cartas. Parece que se haya olvidado todo el mundo de ellos,
menos las compañías del gas y la electricidad. Abrí el sobre rezando por que
no fuera otro recibo. No lo era. Mis amigos de la Dugent Publishing
Corporation, proveedores de Cavalier y otras dignísimas publicaciones
orientadas al público adulto, me enviaban un cheque por «A veces vuelven»,
un relato de cierta extensión en cuya venta no había confiado. Se trataba de un
cheque por quinientos dólares, mi récord absoluto de honorarios.
De repente podíamos costearnos la visita del médico y el líquido rosa, y
darnos el lujo de salir a cenar. Supongo que de noche, con los niños
durmiendo, Tabby y yo nos pusimos cariñosos.
Mi opinión sobre esos años es que fuimos muy felices, pero que
también pasamos mucho miedo. En el fondo éramos muy jóvenes, casi unos
crios, que se suele decir, y el cariño ayudaba a olvidar los números rojos. Nos
cuidábamos (cada uno a sí mismo, mutuamente y a los niños) lo mejor que
sabíamos. Tabby iba a Dunkin’ Donuts con su uniforme rosa y avisaba a la
poli cada vez que armaban un escándalo los borrachos que entraban pidiendo
café. Yo lavaba sábanas de motel y seguía escribiendo películas de terror de
un solo rollo.