46
27
Cuando empecé Carrie me habían cogido de profesor de lengua en la
localidad cercana de Hampden. El sueldo estipulado eran 6.400 dólares
anuales, cantidad que parecía inconcebible después de la lavandería y su 1,60
dólares por hora. Si yo hubiera hecho cálculos, incorporando las horas de
reuniones y corrección de exámenes, me habría dado cuenta de que era una
suma más que concebible, y de que nuestra situación era más grave que nunca.
A finales del invierno de 1973 vivíamos en Hermon, pequeña población al
oeste de Bangor, y nuestra casa era una caravana doble. (Mucho más tarde, en
una entrevista para Playboy, dije que Hermon era «el culo del mundo». En
vista del enfado de los hermonitas, me disculpo públicamente. La verdad es
que Hermon sólo es el sobaco del mundo.) Yo tenía un Buick con problemas
de transmisión, pero no el dinero para arreglarlo; Tabby seguía en Dunkin’
Donuts y carecíamos de teléfono, por el simple motivo de que no estábamos
en situación de pagarlo. Fue la época en que Tabby ejercitó su pluma en el
género de las confesiones ficticias (tipo «Demasiado guapa para ser virgen»),
obteniendo respuestas inmediatas en la modalidad «no responde del todo a
nuestra línea, pero no desista». De haber dispuesto de una hora más al día
seguro que habría acabado vendiendo algo pero sólo tenía las veinticuatro de
siempre. Por otro lado, la gracia inicial que pudiera haberle hecho la fórmula
de las revistas de confesiones (resumida en las tres erres: rebelión, ruina y
redención) tardó muy poco en disiparse.
Mi carrera de escritor tampoco prosperaba. En las revistas para
hombres, los cuentos de terror, ciencia ficción y policiacos estaban siendo
sustituidos por los de sexo, cada vez más explícitos. Se añadía al problema
otro más grave: por primera vez en la vida me costaba escribir. El lastre eran
las clases. Trabajaba con gente que me caía bien, y me gustaban los niños
(todos tenían su interés, hasta los del tipo Beavis y Butt-Head), pero siempre
llegaba al viernes por la tarde con la sensación de que mi cabeza era una
batería, y de que durante toda la semana había tenido puestos unos cables para
cargar otras cabezas. Ha sido la época en que he estado más cerca de dar por
perdido mi porvenir de escritor. Me veía treinta años más viejo, llevando los
mismos abrigos gastados y con coderas, y con tripa de bebedor de cerveza
encima de los pantalones. Tendría tos de fumador por exceso de Pall Malls,
las gafas más gruesas, más caspa, y en el cajón del escritorio seis o siete
originales inacabados que muy de vez en cuando, casi siempre borracho,
desempolvaría y retocaría un poco. Cuando me preguntaran a qué dedicaba el
tiempo libre, contestaría que a escribir un libro. ¿Qué va a hacer con su tiempo
un profesor de escritura creativa que se respete? Luego, claro, me mentiría a