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mí mismo, diciéndome que no era demasiado tarde, que algunos novelistas no
habían empezado hasta los cincuenta. ¡Qué cincuenta! ¡Sesenta, coño! Seguro
que muchos.
En mis años de profesor en Hampden (y de lavandero en la New
Franklin durante las vacaciones de verano), mi mujer desempeñó un papel
decisivo. Si ella, en algún momento, hubiera insinuado que escribir en el
porche de nuestra casa de alquiler de Pond Street, o en el cuartito de lavar de
la caravana de Klatt Road (también de alquiler), era perder el tiempo, creo que
me habría quedado sin ánimos. Tabby, sin embargo, no expresó ninguna duda.
Su apoyo era constante, de lo poco bueno en que se podía confiar. Ahora, cada
vez que veo una novela dedicada a la mujer (o marido) del autor, sonrío y
pienso: Éste sabe de qué va. Escribir es una labor solitaria, y conviene tener a
alguien que crea en ti. Tampoco es necesario que hagan discursos. Basta,
normalmente, con que crean.
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Durante la carrera, mi hermano Dave aprovechaba los veranos para
trabajar de conserje en el instituto de Brunswick, su antigua alma máter. Yo
sólo lo hice medio verano, pero no sé cuál. Sólo puedo concretar que era antes
de conocer a Tabby y después de empezar a fumar; o sea, que debía de tener
unos diecinueve o veinte años. Trabajaba con un tal Harry, un hombre un poco
cojo con uniforme verde de faena y una cadena muy gruesa para las llaves.
(Este Harry tenía manos, no ganchos.) Un día, a la hora de comer, me contó la
experiencia de haber hecho frente a un ataque japonés en la isla de Tarawa,
con todos los oficiales japoneses blandiendo espadas hechas con latas de café,
y detrás los soldados pegando gritos, colocadísimos y oliendo a amapola
quemada. Dotes de narrador no le faltaban, al bueno de Harry.
Un día nos encargaron que limpiáramos las manchas de óxido que había
en la ducha de las chicas. Al entrar en el vestuario, lo observé todo con el
interés de un joven musulmán trasladado por ensalmo a los aposentos
femeninos. Era igual que el vestuario masculino, pero al mismo tiempo no se
parecía en nada. Como es obvio no había urinarios de pared, y sí dos cajas de
metal atornilladas a las baldosas, sin nada escrito y de un tamaño que no
servía para toallas de papel. Me interesé por su contenido.
—Tapachochos —dijo Harry—. Para cuando tienen los días.
También me fijé en que las duchas, a diferencia de las del vestuario de
los chicos, tenían cortinas de plástico rosa colgadas con anillas. Era posible
ducharse con intimidad. Al comentárselo a Harry, se encogió de hombros.