48
—Es que a las chicas les da un poco más de corte estar desnudas que a
los chicos.
Un día, en la lavandería, me acordé del vestuario y empecé a visualizar
la escena inicial de un relato: un grupo de niñas duchándose sin anillas,
cortinas de plástico rosa ni intimidad, y una de ellas que empieza a tener la
regla. Lo malo es que no sabe qué es, y las demás (asqueadas, horrorizadas,
divertidas) empiezan a tirarle compresas. O tampones, descritos por Harry
como «tapachochos». La niña se pone a gritar. ¡Cuánta sangre! Cree estar
muriendo, y que sus compañeras se burlan de ella en plena agonía...
Reacciona... Contraataca... Pero ¿cómo?
Hacía unos años que había leído un artículo en Life donde se planteaba
la hipótesis de que ciertos casos de poltergeist fueran fenómenos de
telequinesia (entendiéndose por ello la facultad de desplazar objetos con el
pensamiento). Ciertas pruebas, sostenía el artículo, apuntaban a que la gente
joven era más propensa a tener esa clase de poderes, sobre todo las niñas en el
inicio de la adolescencia, cuando tienen la primera...
¡Zas! Acababan de unirse dos ideas sin relación previa, la crueldad
adolescente y la telequinesia, y se me ocurrió una idea. No interrumpí mi
trabajo con la Washex número dos, ni eché a correr por la lavandería
moviendo los brazos y gritando «¡Eureka!». No era mi primera idea buena, ni
de hecho la mejor. Consideré, sin embargo, que podía ser la base de un buen
cuento para Cavalier. En el fondo me rondaba la idea de intentarlo con
Playboy, que pagaba hasta dos mil dólares por relato. Dos mil billetes darían
para cambiarle la transmisión al Buick, y aún sobraría bastante para comida.
La idea se quedó una temporada en punto muerto, hirviendo a fuego lento en
la zona del cerebro que no pertenece ni a la conciencia ni al subconsciente.
Hubo que esperar al inicio de mi carrera de profesor para que me sentara una
noche y pusiera manos a la obra. Empecé por un borrador de tres páginas a un
solo espacio, pero me gustaba tan poco que las arrugué y las tiré a la basura.
Les veía cuatro pegas. La primera y menos importante era el hecho de
que el argumento no me despertara ninguna emoción. La segunda, algo más
importante, era el hecho de que no me cayera muy bien la protagonista. Carrie
White me parecía obtusa y pasiva, una víctima fácil. Las demás niñas le
tiraban tampones y compresas, coreando «¡Que lo tape! ¡Que lo tape!», pero
me daba igual. La tercera pega, en orden creciente de importancia, era no
sentirme en mi terreno ni con el entorno ni con mi reparto exclusivamente
femenino. Había aterrizado en el Planeta Hembra, y para recorrerlo no me
servía de mucho una antigua visita al vestuario femenino del instituto de
Brunswick. Siempre he escrito más a gusto cuando ha sido un acto íntimo, con
el erotismo de dos pieles en contacto. Carrie me daba la sensación de llevar