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sangre sólo porque no hubieran traído calderilla. Yo también contribuí,
desenterrando recuerdos del instituto (mi plaza de profesor de lengua no servía
porque ya tenía veintiséis años y estaba en el mal lado de la mesa) y haciendo
un esfuerzo de memoria sobre las dos chicas más solitarias e impopulares de
mi clase: su aspecto físico, qué hacían cómo las trataban los demás... Mi
carrera me ha deparado pocas ocasiones de volver a explorar un territorio tan
desagradable.
Me referiré a la primera de las chicas como Sondra. Vivía con su madre
y un perro (Cheddar Cheese) en una caravana, bastante cerca de mi casa.
Tenía una voz carrasposa e irregular, como si siempre hablara con la garganta
tapada por alguna mucosidad. No estaba gorda, pero su carne presentaba un
aspecto flácido y descolorido, como la parte inferior de ciertas setas. Tenía
tirabuzones que se le pegaban a las mejillas, cubiertas de acné. Sondra no
tenía amigos (a excepción, imagino, de Cheddar Cheese). Un día su madre me
pagó por cambiar de sitio unos muebles. La pieza más destacada del salón de
la caravana era un crucifijo casi de tamaño natural con los ojos hacia arriba, la
boca torcida y la corona de espinas goteando sangre. La única ropa que
llevaba era un trapo enrollado en las caderas, como un taparrabos; encima, la
barriga y las costillas eran de prisionero de campo de concentración. Pensé
que Sondra había pasado su infancia bajo la mirada agónica de aquel dios
moribundo, lo cual, indudablemente, debía de tener una parte de
responsabilidad en que se hubiera convertido en la niña que conocía yo: una
paria tímida y fea que correteaba por las aulas del instituto como un ratón
asustado.
—Es Jesucristo, mi Señor y Salvador —dijo la madre de Sondra,
siguiendo la dirección de mi mirada—. ¿Tú estás salvado, Steve?
Me apresuré a explicarle que estaba todo lo salvado que se pudiera
estar, aunque me parecía difícil que hubiera alguien digno de beneficiarse de
la intervención de aquella versión de Jesús.
Se había vuelto loco de dolor. Se le notaba en la cara. Si volvía alguien así,
dudé que estuviera de humor para salvar a nadie.
Me referiré a la segunda chica como Dodie Franklin, aunque las demás
de la clase la llamaban Dodo o Doodoo. Sus padres sólo tenían un interés en la
vida: participar en concursos. La verdad es que lo hacían bien, porque habían
ganado premios rarísimos, como latas de atún para todo un año o un coche de
marca Maxwell que había pertenecido a Jack Benny. Lo tenían aparcado a la
izquierda de su casa, en la parte de Durham que recibía el nombre de
Southwest Bend, y estaba en proceso de ser engullido por el paisaje. Una vez
al año, o cada dos, alguna de las revistas de la zona (el Press-HeraId de
Portland, el Sun de Lewiston o el Weekly Enterprise de Lisbon) publicaba un