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artículo sobre todas las porquerías que habían ganado los padres de Dodie en
rifas, loterías y sorteos. Solía aparecer una foto del Maxwell o de Jack Benny
con su violín, o las dos.
Los Franklin podían haber ganado muchos premios, pero no un
suministro de ropa para adolescentes. Durante el primer año y medio de
instituto, Dodie y su hermano Bill llevaron cada día lo mismo: él pantalones
negros y camisa de cuadros con manga corta, y ella falda negra larga,
calcetines negros hasta la rodilla y blusa blanca sin mangas. Es posible que la
literalidad de las palabras «cada día» provoque dudas, pero no en los lectores
que hayan crecido en poblaciones rurales durante los años cincuenta y sesenta.
El Durham de mi infancia no se preocupaba mucho por la imagen. En mi clase
había niños con el cuello sucio durante meses, otros con la piel llena de llagas
y eccemas, otros con esa piel tan rara, como de manzana seca, que dejan las
quemaduras sin tratamiento médico, otros que llegaban al cole con piedras en
la bolsa de la comida y el termo lleno de aire... No era la Arcadia, no.
En el colegio primario de Durham, Dodie y Bill Franklin no tuvieron
problemas, pero ir al instituto significaba trasladarse a una población mucho
mayor, y para los niños como Dodie y Bill Lisbon Falls era sinónimo de
ridículo y desastre. Para jolgorio y espanto de los demás alumnos, la camisa
de Bill fue descolorándose y deshilachándose. La caída de un botón se
solucionó mediante un clip. Como remedio a un roto detrás de la rodilla,
apareció cinta adhesiva pintada minuciosamente con lápiz negro, el color del
pantalón. La blusa blanca sin mangas de Dodie empezó a amarillear de
resultas del uso, los años y la acumulación de manchas de sudor. Día a día
transparentaba con mayor claridad los tirantes del sostén. Las otras niñas se
reían de ella, primero con disimulo y después a la cara. Las burlas fueron
subiendo de tono, aunque siempre limitadas al sexo femenino, porque los
chicos ya teníamos bastante trabajo con Bill. (Sí, yo también contribuí; no
mucho, pero puse mi grano de arena.) Creo que lo pasó peor Dodie. No es que
rieran, es que la odiaban. Personificaba todos los temores de sus compañeras
de clase.
El segundo año de instituto, a la vuelta de las vacaciones de Navidad,
Dodie protagonizó una reaparición espectacular. La falda negra de saldo había
cedido su lugar a una falda roja que sólo llegaba hasta la rodilla, no a media
pantorrilla, como la anterior. Ya no llevaba los calcetines gastados de siempre,
sino medias de nailon que le quedaban bastante bien, más que nada porque se
había decidido a afeitarse los pelos negros que proliferaban en sus piernas. El
lugar de la vetusta blusa sin mangas lo ocupaba un suave jersey de lana. Hasta
se había hecho la permanente. Dodie era otra, y se le notaba en la cara que lo
sabía. Ignoro si se había comprado la ropa nueva con sus ahorros, si era un