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regalo de navidad de sus padres o si le había costado meses de insistencia.
Tampoco importa, porque el hábito no hizo al monje. En materia de burlas, el
primer día fue el no va más. Las compañeras de Dodie no tenían la menor
intención de renunciar al encasillamiento. Es más: la castigaron por haber
querido escapar de su prisión. Yo, que compartí varias horas de clase, tuve
ocasión de observar directamente la destrucción de Dodie. Vi apagarse su
sonrisa, y parpadear y extinguirse la luz de sus ojos. Al final del día volvía a
ser la misma de antes de las vacaciones navideñas: un espectro de cara fofa y
pecas en las mejillas que se escabullía por los pasillos mirando al suelo y
apretando los libros contra el pecho.
Al día siguiente se presentó con la falda y el jersey nuevos. Y al
siguiente. Y al siguiente. Los llevó hasta el último día de curso, si bien para
entonces hacía demasiado calor para llevar lana, y siempre tenía gotas de
sudor en las sienes y el labio superior. La permanente casera, en cambio, no se
repitió, y la ropa nueva perdió todo su lustre. En cuanto a las burlas, ya habían
revertido a sus niveles prenavideños, y cesaron del todo los insultos. Lo
ocurrido se limitaba a una tentativa de escapatoria, velozmente reprimida.
Frustrado el arranque, y garantizado el cómputo de presos habitual, podía
volverse a la rutina.
Cuando empecé a escribir Carrie ya no vivían ni Sondra ni Dodie.
Sondra había abandonado la caravana, Durham y la mirada agónica del
salvador moribundo, mudándose a un piso de Lisbon Falls. Debía de trabajar
cerca, en alguna fábrica textil o de zapatos. Era epiléptica y murió de un
ataque; como vivía sola, nadie pudo evitar que se cayera al suelo con la cabeza
en mala posición. Dodie contrajo matrimonio con el hombre del tiempo de una
cadena de televisión, merecedor de cierta fama en Nueva Inglaterra por su
acento casi ininteligible, típico de la zona. Después de haber dado a luz (creo
que por segunda vez), bajó al sótano y se pegó un tiro en el abdomen con una
bala del veintidós. Fue un buen disparo (o malo, según se mire), porque le
seccionó la vena porta y provocó su muerte. En la ciudad se atribuyó el
suicidio a una depresión posparto (¡pobre chica!). Por mi parte, sospeché que
tenía algo que ver con las secuelas del instituto.
Carrie nunca me ha caído bien, pero al menos Sondra y Dodie me
ayudaron a entenderla un poco. La compadecía a ella y a sus compañeros de
clase, de quienes yo, años ha, había formado parte.
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El original de Carrie fue expedido a Doubleday, con uno de cuyos
empleados, William Thompson, yo había trabado amistad.