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Después de enviarlo olvidé su existencia y proseguí mi vida normal, que en
aquella época consistía en dar clases, ejercer de padre, querer a mi esposa,
emborracharme cada viernes por la tarde y escribir relatos.
Durante aquel semestre, mi hora libre era la quinta, justo después de
comer. Solía pasarla en la sala de profesores, corrigiendo exámenes y soñando
con hacer la siesta en el sofá. (Mi energía a primera hora de la tarde es como
la de una boa constrictor después de haberse tragado una cabra.) Se encendió
el intercomunicador, y Colleen Sites, de secretaría, preguntó por mí. Yo hice
constar mi presencia, y ella me convocó a su despacho. Tenía una llamada. De
mi mujer.
El camino desde la sala de profesores a la secretaría, ambas en la planta
baja, se me hizo largo, y eso que era hora de clase y estaban los pasillos
prácticamente vacíos. Caminaba casi corriendo, con el corazón a mil. Para
usar el teléfono de los vecinos, Tabby tendría que haberles puesto el abrigo y
las botas a los niños, y sólo se me ocurrían dos motivos para ello: o uno de los
dos se había roto una pierna o me compraban Carrie.
Mi mujer me leyó un telegrama con la voz entrecortada, pero en el
colmo de la felicidad. Lo enviaba Bill Thompson (en cuya carrera posterior
figura el descubrimiento de un tal John Grisham) después de haber querido
llamar por teléfono y descubrir que los King ya no disponían de dicho
accesorio. El texto: felicidades. CARRIE YA ES OFICIALMENTE DE
DOUBLEDAY. ¿QUÉ TAL 2.500 DE ADELANTO? ESTO SÓLO ES EL
PRINCIPIO. UN ABRAZO.
BILL.
Dos mil quinientos dólares era un adelanto modesto, hasta para
principios de los años setenta, pero ni yo lo sabía ni tenía agente literario que
pudiera informarme. Antes de que se me ocurriera la conveniencia de hacerme
con uno, mi pluma ya había generado unos ingresos netamente superiores a
los tres millones de dólares, buena parte de los cuales se quedó el editor.
(Entonces el contrato estándar de Doubleday era un poco mejor que un pacto
de servidumbre, pero no mucho.) Y mi novelita de terror en el instituto se
encaminaba hacia la publicación con una lentitud exasperante. La habían
aceptado a finales de marzo o principios de abril de 1973, pero sólo se fijó la
fecha de lanzamiento en primavera de 1974. No era un caso excepcional.
Doubleday, en aquella época, era una verdadera y enorme fábrica de literatura
de ficción que sacaba novelas policiacas, rosas, de ciencia ficción y del oeste a
razón de cincuenta o más al mes, sin contar la línea estrella de la casa, con
pesos pesados como Leon Uris y Allen Drury. Yo sólo era un pececito en un
río muy transitado.