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Tabby me preguntó si podía dejar la enseñanza, pero le dije que no;
2.500 dólares no daban para tanto, y la posibilidad de ganar más era
demasiado vaga. Viviendo solo quizá sí, pero con mujer y dos hijos... No,
imposible. Recuerdo que por la noche comimos tostadas en la cama y
hablamos hasta la madrugada. Tabby me preguntó cuánto ganaríamos en caso
de que Doubleday pudiera vender los derechos de reedición en bolsillo de
Carrie, y le contesté que no lo sabía. Acababa de enterarme de la barbaridad
de adelanto que le habían dado a Mario Puzo por los derechos en bolsillo de
El padrino (400.000 dólares, según el periódico), pero dudaba que Carrie
pudiera aspirar siquiera a la mitad, suponiendo que se editara en bolsillo, que
ya era mucho suponer.
Entonces Tabby (con una timidez poco habitual, porque no suele tener
pelos en la lengua) preguntó por mis esperanzas de que saliera el libro en
bolsillo. Yo contesté que veía bastantes posibilidades, un setenta u ochenta por
ciento. Luego me preguntó cuánto dinero podía significar, y yo expresé mis
estimaciones entre diez mil y sesenta mil dólares.
—¿Sesenta mil dólares? —Parecía casi atónita—. ¿Tanto?
Dije que quizá no fuera probable, pero que entraba dentro de lo posible.
A continuación le recordé que mi contrato especificaba el reparto en dos
mitades de las ganancias en formato de bolsillo, es decir, que si llegaba a
ocurrir que Ballantine o Dell pagaran sesenta mil billetes, nosotros sólo
cobraríamos treinta. Tabby no se molestó en contestar. Tampoco hacía falta.
Treinta mil dólares era lo que podía aspirar a ganar en cuatro años dando
clases contando la subida anual de sueldo. Era mucho dinero. Casi seguro que
eran castillos en el aire, pero esa noche tocaba soñar.
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Carrie avanzaba a paso de tortuga hacia su publicación. Nos gastamos
el adelanto en un coche nuevo (aburguesamiento que mereció las críticas de
Tabby, expresadas en su más pintoresca jerga de obrero), y yo firmé el
contrato de profesor para el curso 1973-1974. Ya había empezado a escribir
otra novela, una combinación peculiar de Dracula y Peyton Place a la que
bautizé como Second coming. En el ínterin habíamos vuelto a Bangor.
Ahora vivíamos en una planta baja que era un verdadero cuchitril, pero
volvíamos a estar en la ciudad, teníamos un coche con garantía y disponíamos
de teléfono.
Confieso que Carrie se había borrado casi por completo de mi radar,
porque tenía mucho trabajo con los niños, tanto en el colegio como en casa.
Por otro lado, empezaba a estar preocupado por mi madre. A sus sesenta y un