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años seguía trabajando en el Pineland Training Center y conservaba su sentido
del humor, pero Dave me había contado que sufría malestares frecuentes.
Tenía la mesita de noche llena de analgésicos, y mi hermano sospechaba
alguna dolencia grave.
—Ya sabes que siempre ha fumado como una chimenea —me dijo.
¡Vaya uno! Para chimenea él (y yo, para indignación de mi esposa ante
el gasto y el rastro sempiterno de cenizas), pero comprendí el comentario.
También es cierto que, si bien vivía a mayor distancia que Dave y veía menos
a mi madre, en mi última visita la había notado más delgada.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté.
Detrás de la pregunta estaba todo lo que sabíamos acerca de nuestra
madre, que en lo tocante a sus cosas era una mujer muy reservada. Esta
filosofía de vida había generado un gran espacio gris donde las otras familias
tenían historias. Dave y yo no sabíamos casi nada de nuestro padre y su
familia, y apenas lo justo sobre el pasado de nuestra madre, incluida la
increíble cantidad (al menos para mí) de ocho hermanos muertos de ambos
sexos y la ambición frustrada de ser concertista de piano (si bien afirmaba
haber tocado el órgano en radionovelas de la NBC y espectáculos parroquiales
durante la guerra).
—Nada —contestó Dave—. No podemos hacer nada hasta que lo pida
ella.
Poco después, un domingo, me llamó Bill Thompson desde Doubleday.
Yo estaba solo en el piso. Tabby había ido a ver a su madre con los niños, y yo
trabajaba en el nuevo libro, concebido como una mezcla de novela de
vampiros y descripción costumbrista a lo Thornton Wilder en Nuestra ciudad.
—¿Estás sentado? —preguntó Bill.
—No —dije yo. Como teníamos el teléfono en la pared de la cocina,
estaba de pie entre ésta y el salón—. ¿Debería?
—Te lo aconsejo —contestó Bill—. Los derechos de Carrie en bolsillo
se los ha quedado Signet Books por cuatrocientos mil dólares.
Una vez, siendo yo muy pequeño, mi padre le había dicho a mi madre:
«¿Por qué no haces callar al niño, Ruth? Este Stephen, cada vez que abre la
boca saca las tripas.» Era verdad y lo ha seguido siendo, pero el Día de la
Madre de mayo de 1973 la llamada de Bill me dejó completamente mudo. No
podía articular palabra. Bill preguntó si aún estaba al teléfono, aguantándose
la risa. Sabía que sí.
No podía haberlo entendido bien. Imposible. La idea me permitió
encontrar la voz perdida.
—¿Has dicho cuarenta mil?