56
—Cuatrocientos mil —me corrigió Bill—. Según el código—
(refiriéndose al contrato que había firmado yo)— te corresponden cien mil.
Felicidades, Steve.
Yo seguía de pie al lado de la puerta, mirando el dormitorio del fondo
del salón, con la cuna de Joe. Pagábamos noventa dólares de alquiler al mes, y
un hombre a quien sólo había visto en una ocasión me comunicaba que me
había tocado la lotería. Se me doblaron las piernas. No es que me cayera, pero
me quedé sentado en el suelo.
—¿Estás seguro? —le pregunté a Bill.
Dijo que sí. Entonces le pedí que repitiera la cantidad muy lentamente y
esmerando la pronunciación, para estar seguro de no confundirme. Dijo que
era un cuatro con cinco ceros detrás.
—Luego un punto y dos ceros más —añadió.
Seguimos hablando media hora, pero no recuerdo una sola palabra de la
conversación. Al término de ella intenté llamar a Tabby a casa de su madre,
pero me dijo Marcella, su hermana menor, que acababa de marcharse.
Entonces me paseé en calcetines por todo el apartamento, con la sensación de
que si no le contaba a nadie la buena noticia explotaría. Me decidí a calzarme
y bajar al centro. En toda la calle mayor de Bangor sólo quedaba una tienda
abierta, La Verdiere’s. De repente sentí la obligación de comprarle a Tabby un
regalo para el día de la Madre, aleo lujoso y excesivo. Lo intenté, pero he aquí
una de las grandes verdades de la vida: en La Verdiere's no venden nada muy
lujoso ni excesivo. Le compré lo más próximo a la definición: un secador.
Volví a casa y la encontré en la cocina deshaciendo las bolsas de los
niños y cantando lo que ponían por la radio. Le di el secador y se lo quedó
mirando como si fuera el primero que veía.
—¿Para qué es? —preguntó.
Le cogí los hombros y le conté lo de los derechos de bolsillo. Viendo
que no lo entendía, se lo repetí. Entonces Tabby miró por encima de mi
hombro, contempló (como yo antes) nuestra mierda de pisito y rompió a
llorar.
32
Tuve mi primera borrachera en 1966, durante el viaje de fin de estudios
a Washington. Íbamos en autocar, unos cuarenta alumnos y tres acompañantes
(entre ellos el mismísimo Bola de Billar), y dormimos la primera noche en
Nueva York, que en esa época toleraba el consumo de alcohol a partir de los
dieciocho años. Yo casi tenía diecinueve, gracias a mis problemas de oído y
mis desgraciadas amígdalas.