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Yo y un grupo de los más atrevidos encontramos una tienda de bebidas
alcohólicas al lado del hotel. Examiné los anaqueles sin perder de vista que mi
dinero de bolsillo no era precisamente una fortuna. Había demasiado de todo:
botellas, marcas y precios por encima de diez dólares. Acabé rindiéndome y
preguntándole a la persona del mostrador (el mismo individuo calvo con bata
gris y cara de aburrimiento que ha vendido la primera botella a todos los
vírgenes alcohólicos desde el inicio del comercio, seguro) qué era lo más
barato. Él sacó una botella de whisky Old Log Cabin y, sin mediar palabra, la
dejó encima de la alfombrilla de Winston que había al lado de la caja. En la
etiqueta ponía «$ 1,95». Buen precio.
Conservo el vago recuerdo de haber sido llevado al ascensor (no sé si de
noche o ya de día) por Peter Higgins (el hijo de Bola de billar), Butch
Michaud, Lenny Partridge y John Chizmar. Más que un recuerdo, parece una
escena vista por la tele. Es como si la presenciara desde fuera de mi cuerpo.
Lo poco que queda dentro es suficiente para notar que estoy jodidísimo a
escala planetaria, y hasta puede que galáctica.
La cámara sigue nuestra ascensión hacia el piso de las chicas y recoge
mis tumbos por el pasillo, empujado por varias manos. El espectáculo parece
divertido. Las chicas están en camisón o bata, con rulos y crema en la cara, y
se ríen todas de mí, pero no parece una risa malintencionada. Se trata de un
sonido amortiguado, como si lo oyera con algodón en las orejas. Intento
decirle a Carole Lemke que me encanta su peinado, y que tiene los ojos azules
más bonitos del mundo, pero sólo me sale algo como: «Uauauaua azules,
uauauaua mundo.» Carole ríe y mueve la cabeza como si se entendiera todo.
Estoy contentísimo. Es evidente que estoy haciendo el gilipollas, pero un
gilipollas feliz y merecedor del afecto general.
Pasa cierto tiempo y aparezco en la cama. No se mueve, pero la
habitación empieza a dar vueltas a creciente velocidad con ella como eje.
Pienso que gira como el plato de mi tocadiscos Webcor, donde ponía a Fats
Domino, y ahora a Bob Dylan y los Dave Clark Five. El eje soy yo, y
hablando de platos, estoy a punto de echar el primero y el segundo. Hasta el
postre.
Sufro un breve eclipse, y me despierto de rodillas en el lavabo de la
habitación doble que comparto con mi amigo Louis Purington. Ignoro por
completo cómo he entrado, pero es una suerte, porque el suelo está cubierto de
vómito amarillo. Parece maíz en grano, pienso. La idea sirve de detonante
para otra arcada. Sólo salen hilitos de baba con olor a whisky, pero tengo la
sensación de que va explotarme la cabeza. No puedo caminar. Vuelvo a gatas
a la cama con el pelo sudado cayéndome encima de los ojos. Mañana me
encontraré mejor, pienso. Y vuelvo a eclipsarme.