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Por la mañana se me ha apaciguado ligeramente el estómago, pero me
duele el diafragma de tamo vomitar, y tengo una jaqueca digna de toda una
dentadura infectada. Los ojos se me han convertido en lupas. La luz
horriblemente intensa que entra por las ventanas del hotel es concentrada por
ellas y no tardará en prenderle fuego a mi cerebro.
Ni hablar de mi inclusión en las actividades programadas del día (a pie
a hasta Times Square, en barco a la estatua de la Libertad y en ascensor al
último piso del Empire State Building). ¿Caminar? Uf. ¿Un barco? Doble uf.
¿Un ascensor? Uf a la cuarta potencia. ¡Joder, si no puedo ni moverme! Alego
una excusa poco convincente y me paso casi todo el día en la cama. Hacia
finales de la tarde me encuentro un poco mejor. Me visto, recorro el pasillo
como buenamente puedo hasta llegar al ascensor y bajo a recepción. Comer
sigue siendo imposible, pero me veo capaz de enfrentarme con un ginger ale,
un cigarrillo y una revista. ¿A quién veo en el vestíbulo, leyendo el periódico
en un sillón? Al mismísimo señor Higgins, alias Bola de Billar. Paso de largo
con toda la discreción a mi alcance, pero no basta. A mi regreso de la tienda
del hotel, lo encuentro con el periódico en las rodillas y mirándome. Me da un
vuelco el estómago. Acabo de ganarme otro lío con el director, puede que
hasta peor que el de The Village Vomit. Higgins me llama, y descubro algo
interesante: resulta que es buen tío. Cuando lo del noticiario satírico me dio un
buen rapapolvo, pero debió de pedírselo la señora Margitan. Además, yo
entonces sólo acababa de cumplir los dieciséis. El día de mi primera resaca me
falta poco para los diecinueve, me han aceptado en la universidad pública y al
final del viaje de fin de estudios me espera un trabajo en una fábrica.
—Me habían dicho que te encontrabas demasiado mal para visitar
Nueva York con el resto de los alumnos —dice Bola de Billar, mirándome de
pies a cabeza.
Confirmo que he estado enfermo.
—¡Lástima que te lo hayas perdido! —dice Bola de Billar—. ¿Ya estás
mejor?
Sí, bastante mejor. Alguna gripe estomacal, de las que sólo duran
veinticuatro horas.
—Espero que no vuelvas a cogerla —dice él—. Al menos en este viaje.
Me mira un rato más, preguntándome con los ojos si nos hemos
entendido.
—Seguro que no —digo yo sinceramente.
Ahora ya sé qué significa estar borracho: una vaga sensación de buena
voluntad, otra más nítida de tener casi toda la conciencia fuera del cuerpo,
flotando encima como una cámara en una película de ciencia ficción y
filmándolo todo, y por último el mareo, el vómito y el dolor de cabeza. No,