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me digo que esa gripe no volveré a cogerla, ni en este viaje ni nunca. Es
suficiente una vez, sólo para averiguar de qué se trata. Repetir el experimento
sería de imbéciles, y dedicar una parte de la vida a beber, de locos, locos
masoquistas.
Al día siguiente proseguimos el viaje a Washington, con una parada en
territorio amish. Cerca de donde aparca el autocar hay una bodega. Entro a
echar un vistazo. En Pennsylvania no se puede beber alcohol con menos de
veintiún años, pero seguro que mi traje (el único bueno que tengo) y el abrigo
negro de Fazza me prestan como mínimo esa edad. De hecho, lo más probable
es que parezca un preso recién salido de la cárcel, alto, hambriento y con pinta
de desquiciado. El encargado me vende un quinto de Four Roses sin pedirme
ningún documento, y cuando paramos a dormir vuelvo a estar borracho.
Pasan unos diez años y estoy con Bill Thompson en una taberna
irlandesa. Tenemos muchas cosas que celebrar, sobre todo el punto final a mi
tercer libro, El resplandor. Es, justamente, la novela que va de un escritor y ex
profesor alcohólico. Estamos en julio, la noche del partido de baloncesto de
los All-Star. Tenemos planeado cenar opíparamente, y a continuación pillar un
ciego de campeonato. Empezamos con dos rondas en la barra, y yo empiezo a
leer todos los letreros que incitan a la bebida: «En Manhattan, tómate un
manhattan», «El jueves, tonto si no bebes», «El trabajo es el opio de la clase
bebedora». Y justo delante de mí hay uno donde pone: «¡Especial para
madrugadores! De lunes a viernes, de 8 a 10 de la mañana, a dólar el
destornillador.»
Le hago gestos al barman y se acerca. Es calvo y lleva chaqueta gris.
Podría ser el mismo que me vendió la primera botella en 1966. Quizá lo sea.
Señalo el letrero y pregunto:
—¿Quién llega a las nueve menos diez y pide un destornillador?
Sonrío, pero él no.
—Universitarios como tú —contesta.
33
En 1971 o 1972, Carolyn Weimer, la hermana de mamá, murió de
cáncer de mama. Mi madre y mi tía Ethelyn (melliza de Carolyn) fueron en
avión a Minnesota para asistir al entierro de la tía Cal. Era el primer vuelo que
cogía mi madre en veinte años. Durante el vuelo de regreso empezó a sangrar
profusamente por lo que habría llamado ella «sus partes». A pesar de que ya
hacía mucho tiempo que su cuerpo había abandonado ese ciclo, se dijo que
sólo era una menstruación final. Se encerró en el minúsculo lavabo de un jet
de la TWA en pleno vuelo, cortó la hemorragia con tampones («¡Que lo tape!