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¡Que lo tape!», habrían dicho Sue Snell y sus amigas) y volvió a su plaza. No
dijo nada a nadie, ni a Ethelyn, ni a David ni a mí. Tampoco fue a ver a Joe
Mendes, de Lisbon Falls, que era su médico de cabecera desde tiempos
inmemoriales. Prefirió reaccionar como siempre que tenía problemas:
guardándose sus cosas. Pasó una temporada bastante buena, sin señales de
alarma: le gustaba su trabajo y disfrutaba con sus amistades y sus cuatro
nietos, dos de la familia de Dave y dos de la mía. Pero llegó el final de la
buena racha. En agosto de 1973, con motivo de un chequeo posterior a la
operación de quitarle unas cuantas varices de las muchas y grandes que tenía,
le diagnosticaron a mi madre cáncer de útero. Yo creo que Nellie Ruth
Pilisbury King, entre cuyas hazañas se contaba vaciar en el suelo un recipiente
de gelatina y bailar encima mientras sus dos hijos se tronchaban de risa en un
rincón, se murió de vergüenza, y no es una simple expresión.
El final se produjo en febrero de 1974. Para entonces Carrie ya
empezaba a generar algunos dividendos, y pude contribuir a los gastos
médicos. Flaco consuelo, pero algo es algo. Y estuve presente en los últimos
días, durmiendo en la habitación de invitados de Dave y Linda.
Afortunadamente, la borrachera de la noche anterior sólo me había dejado una
resaca moderada. Dudo que le guste a nadie la idea de presentarse con resaca
en el lecho de muerte de su madre.
Dave me despertó a las seis y cuarto de la mañana susurrando al otro
lado de la puerta que temía lo peor. Al entrar en el dormitorio principal, lo
encontré sentado al lado de la cama y aguantándole un cigarrillo a mamá, que
lo fumaba entre resuellos. Estaba medio inconsciente, y su mirada oscilaba
entre Dave y yo. Me senté al lado de Dave, cogí el cigarrillo y lo apliqué a los
labios de la moribunda, que abocinó los labios para apresar el filtro. Tenía al
lado de la cama una galerada encuadernada de Carrie, que se reflejaba hasta el
infinito en un conjunto de espejos.
Se lo había leído en voz alta la tía Ethelyn, más o menos un mes antes de su
muerte.
Los ojos de mamá miraban a Dave y luego a mí, a Dave y a mí, a Dave
y a mí. Había bajado de setenta y dos kilos a cuarenta. Tenía la piel amarilla, y
tan tirante que parecía una de las momias que sacan a pasear los mejicanos el
día de los muertos. Nos turnamos para aguantarle el cigarrillo, y cuando sólo
quedaba el filtro lo apagué yo.
—Mis niños —dijo ella, antes de caer no sé si en el sueño o la
inconsciencia.
Me dolía la cabeza. Cogí dos aspirinas de uno de los muchos potes de
medicamentos que tenía mamá en la mesita. Dave le cogió una mano, y yo la
otra. Lo que había debajo de la sábana no era el cuerpo de nuestra madre, sino