62
Si la jodía (conduciendo de noche y dando una vuelta de campana en
alguna carretera poco transitada, o reventando una entrevista en directo por la
tele), no faltaría quien me aconsejara controlar mi afición a la bebida, y decirle
a un alcohólico que controle lo que bebe es como decirle a alguien con una
diarrea de las que hacen historia que controle los esfínteres. Tengo un amigo
que ha pasado por lo mismo y cuenta una anécdota graciosa sobre su primera
tentativa de recuperar el dominio de una vida que se le escapaba. Acudió a un
psicólogo y dijo que a su mujer le parecía mal que bebiera tanto.
—¿Cuánto bebe? —preguntó el psicólogo.
Mi amigo lo miró con incredulidad.
—Todo —contestó, como si cayera por su peso.
Sé lo que sentía. Yo ya hace casi doce años que no pruebo el alcohol,
pero sigue pareciéndome inconcebible la visión de alguien en un restaurante
con una copa de vino a medias. Me dan ganas de levantarme, ir a su mesa y
gritarle a la cara: «¡Acábatela! ¿Por qué no te la has acabado?» Me parecía
ridícula la idea de beber alcohol como acto social. ¿Por qué no te tomas una
coca cola, ya que no quieres emborracharte?
Durante mis cinco últimos años de bebedor, siempre remataba las noches con
el mismo ritual: vaciar en el fregadero las cervezas que quedaran en la nevera.
Si no, al acostarme las oía hablar y no tenía más remedio que acabar
levantándome y coger otra. Y otra. Y otra.
36
En 1985 se había sumado a mi problema alcohólico la adicción a las
drogas, pero seguí funcionando con relativa normalidad, como muchos
consumidores de estupefacientes. La idea de no hacerlo me provocaba pavor.
Se me había olvidado por completo cómo vivir de otra manera. Me desvivía
por esconder las sustancias que tomaba, tanto por miedo (¿qué me ocurriría
sin droga? Le había perdido el tranquillo a la vida normal) como por
vergüenza. Volvía a limpiarme el culo con ortigas, y esta vez a diario, pero no
podía pedir ayuda. En mi familia no se hacía así. En mi familia se fumaba, se
bailaba pisando gelatina y cada cual se guardaba sus cosas.
Aun así, la parte de mí que escribe novelas y cuentos, la parte profunda
que en 1975 (año en que escribí El resplandor) ya sabía que era alcohólico, no
estaba dispuesta a aceptarlo. Como no entiende de silencios, empezó a gritar
pidiendo ayuda de la única manera que sabía: a través de mis relatos y de mis
monstruos. A finales de 1985 y principios de 1986 escribí Misery (título que
describe perfectamente mi estado de ánimo), la historia de un escritor que cae
prisionero de una enfermera psicópata y es torturado por ella. En primavera y