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verano de 1986 escribí Tommyknockers en sesiones que solían prolongarse
hasta la medianoche, con el corazón a ciento treinta pulsaciones por minuto y
las orejas tapadas con algodón para cortar la hemorragia debida al consumo de
coca.
Tommyknockers es un relato de ciencia ficción a lo años cuarenta donde
la protagonista, que es escritora, descubre una nave alienígena enterrada en el
suelo. La tripulación sigue dentro, pero no muerta, sino en hibernación. Se
trata de unos extraterrestres que se te meten en la cabeza y hacen trastadas. El
resultado es energía y una inteligencia de índole superficial (la escritora,
Bobbi Anderson, inventa entre otras cosas una máquina de escribir telepática y
un calentador de agua atómico), pero se paga con el alma. Fue la mejor
metáfora de las drogas y el alcohol que se le ocurrió a mi cerebro, cansado y
sometido a un estrés brutal.
Poco tiempo después, mi mujer llegó a la conclusión de que no saldría
solo de aquella espiral descendente e intervino. Dudo que fuera fácil, porque
yo ya estaba muy lejos de cualquier sensatez, pero lo consiguió. Montó un
grupo de intervención formado por parientes y amigos, y fui obsequiado con
una especie de Ésta es su vida en el infierno. El primer paso que dio Tabby
fue vaciar en la alfombra una bolsa de basura llena de cosas de mi despacho:
latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, más cocaína en
bolsitas, cucharitas para coca manchadas de mocos y sangre seca, Valium,
Xanax, frascos de jarabe Robitussin para la tos y de NyQuil anticatarro, y
hasta botellas de elixir bucal. Aproximadamente un año antes, al observar la
rapidez con que desaparecían del lavabo auténticos botellones de Listerine, me
preguntó Tabby si me lo bebía. Mi respuesta, imbuida de altivez y
superioridad, fue que cómo iba a bebérmelo. Y era verdad. Prefería beberme
el Scope, que era más agradable porque sabía un poco a menta.
El sentido de la intervención, de la cual puedo asegurar que fue igual de
desagradable para mi mujer e hijos que para mí, es que yo me estaba matando
delante de sus narices. Dijo Tabby que tenía dos alternativas: o hacer un
tratamiento de rehabilitación o marcharme enseguida de casa. Dijo que me
querían los tres, ella y los niños, y que por eso no querían presenciar mi
suicidio.
Yo regateé, que es lo que hacen los adictos. Estuve encantador, como
todos los adictos, y conseguí dos semanas para pensármelo. Ahora, visto en
perspectiva, se me antoja el resumen de toda la locura de aquella época. Hay
alguien en el tejado de un edificio en llamas. Llega un helicóptero, se coloca
encima, suelta una escalerilla de cuerda y grita alguien desde la cabina:
«¡Suba!» Contesta el del edificio: «Déjeme dos semanas para pensarlo.»