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La verdad, sin embargo, es que pensé (al menos hasta donde me lo
permitía mi estado), y acabó por decidirme Annie Wilkes, la enfermera de
Misery. Annie personificaba la coca y la bebida, y decidí que estaba cansado
de ser su escritor mascota. Temí no poder seguir trabajando sin alcohol ni
droga, pero decidí (repito, hasta donde me lo permitía mi estado de confusión
y desánimo) darlo todo a cambio de seguir casado y ver crecer a los niños. Si
de veras había que escoger.
Que no fue el caso, evidentemente. La idea de que la creación y las
sustancias sicotrópicas vayan de la mano es uno de los grandes mitos de
nuestra época, tanto a nivel intelectual como de cultura popular. Los cuatro
escritores del siglo veinte cuya obra ha tenido mayor responsabilidad en ello
deben de ser Hemingway, Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson y el poeta
Dylan Thomas. Son los que han formado nuestra visión de un yermo
existencial en lengua inglesa donde la gente ya no se comunica y vive en un
ambiente de asfixia y desesperación emocionales. Ninguno de esos conceptos
le es desconocido a la mayoría de los alcohólicos, pero la reacción habitual es
encontrarlo gracioso. Los escritores que se enganchan a determinadas
sustancias no se diferencian en nada de los demás adictos; son, en otras
palabras, borrachos y drogatas vulgaris. Las afirmaciones de que la droga y el
alcohol son necesarios para atenuar un exceso de sensibilidad no pasan de ser
la típica chorrada para justificarse. He oído el mismo argumento en boca de
operadores de quitanieves: que beben para calmar a los demonios. Da lo
mismo ser James Jones, John Cheever o un simple borracho de banco de
estación; para un adicto, el derecho al alcohol o la droga elegida debe
protegerse a toda costa. Hemingway y Fitzgerald no bebían porque fuesen
personas creativas, alienadas o débiles moralmente, sino por la misma razón
que todos los alcohólicos. No digo que la gente creativa no corra mayor riesgo
de engancharse que en otros trabajos, pero ¿y qué? A la hora de vomitar en la
cuneta, nos parecemos todos bastante.
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Al final de mis aventuras bebía cada noche una caja de latas de medio
litro, y tengo una novela, Cujo, que apenas recuerdo haber escrito. No lo digo
con orgullo ni con vergüenza; sólo con la vaga sensación de haber perdido
algo. Es un libro que me gusta, y ojalá guardara un recuerdo agradable de
haber redactado las partes buenas.
En los peores momentos no quería beber ni estar sobrio. Me sentía
desahuciado de mi propia vida. Al iniciar el camino de vuelta, mi máxima
ambición era creerme a los que me prometían una mejora a cambio de tiempo.