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que prosa sería un manual de instrucciones. El párrafo tampoco especifica el
material de la jaula. ¿Alambre? ¿Barras de acero? ¿Cristal? ¿Tiene alguna
importancia? Todos entendemos que la jaula es un objeto que permite ver su
contenido. Lo demás nos es indiferente. De hecho, lo más interesante ni
siquiera es el conejo que come zanahoria, sino el número del lomo. No es un
seis, un cuatro ni un diecinueve coma cinco. Es un ocho. Es el foco de
atracción, y lo vemos los dos. Ni yo lo he dicho ni tú me lo has preguntado.
Yo no he abierto mi boca, ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no
digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca.
Se han tocado nuestras mentes.
Yo te he enviado una mesa con una tela roja, una jaula, un conejo y el
número ocho en tinta azul. Tú lo has recibido todo, y en primer lugar el ocho
azul. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad, ¿eh? Sin
chorraditas místicas. No pienso ahondar en lo expuesto, pero antes de seguir
deseo hacer una puntualización: no es que me haga el listo, es que hay algo
que exponer.
El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo,
esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por
escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la
página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de
repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case
contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras
no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la
ligera.
No te pido que lo hagas con reverencia, ni sin sentido crítico. Tampoco
pretendo que haya que ser politicamente correcto o dejar aparcado el humor
(¡ojalá tengas!). No es ningún concurso de popularidad, ni las olimpíadas de la
moral; tampoco es ninguna iglesia, pero joder, se trata de escribir, no de lavar
el coche o ponerse rímel. Si eres capaz de tomártelo en serio, hablaremos. Si
no puedes, o no quieres, cierra el libro y dedícate a otra cosa.
A lavar el coche, por ejemplo.