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películas de Tarzán. Mi tío llevaba la caja a la altura del muslo, cogida por las
dos asas. Iba vestido como siempre, con pantalones caquis y una camiseta
blanca
limpia. Su pelo entrecano, de corte militar, brillaba de sudor. Tenía un Camel
colgando del labio inferior. (Años después, viéndome llegar con un paquete de
Chesterfíeld en el bolsillo de la camisa, el tío Oren le dedicó una mirada
desdeñosa y lo definió como «tabaco de calabozo».)
Cuando llegamos a la ventana donde se había roto la mosquitera, el tío
Oren dejó la caja en el suelo con un suspiro de alivio. Dave y yo habíamos
intentado levantarla varias veces del suelo del garaje, cada uno por un asa,
pero apenas se movía. Claro que éramos pequeños, pero calculo que, llena del
todo, la caja de herramientas de Fazza pesaba entre cuarenta y sesenta kilos.
El tío Oren me dejó abrir los cierres. La bandeja superior contenía todas
las herramientas de uso habitual. Había un martillo, una sierra, alicates, dos
llaves inglesas fijas y otra graduable, un nivel (con su mágica ventanita
amarilla en el centro), un taladro (cuyas diversas brocas estaban perfectamente
ordenadas en las profundidades) y dos destornilladores. Mi tío me pidió uno.
—¿Cuál? —pregunté.
—El que sea —contestó.
La mosquitera rota tenía tornillos de los de agujero en forma de estrella,
y es verdad que daba igual usar un destornillador normal o de cruz. Esa clase
de tornillos se quitan metiendo la punta del destornillador en el agujero y
haciéndolo girar como las llantas de coche después de haber soltado las
tuercas.
El tío Oren retiró los tornillos (un total de ocho, que me dio a mí para
tenerlos a mano) y quitó la mosquitera rota. Luego la dejó apoyada en la pared
y levantó la nueva. Coincidían perfectamente los agujeros de los dos marcos,
el de la mosquitera y el de la ventana. Al comprobarlo, el tío Oren soltó un
gruñido de satisfacción. Entonces fui dándole uno a uno los tornillos, los
metió en los agujeros y los apretó por el mismo procedimiento de antes,
insertando el destornillador y haciéndolos girar.
Cuando la mosquitera estuvo fija, el tío Oren me dio el destornillador
pidiéndome que lo pusiera en la caja de herramientas y la cerrara. Yo obedecí,
pero estaba perplejo. Le pregunté por qué había llevado la caja de Fazza por
toda la casa si sólo necesitaba un destornillador. Podría habérselo metido en el
bolsillo trasero de los pantalones.
—Ya, Stevie —dijo él mientras se agachaba para coger las dos asas—,
pero es que no sabía si tendría que hacer algo más. ¿Entiendes? Siempre es
mejor llevar todas las herramientas, porque corres el riesgo de encontrarte con
algo que no esperabas y dejar a medias la faena.