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Y otra cosa: que no te cohiba tener en cuenta el decoro. Como dijo
alguien, una cosa es hacerle a la condesa una visita en domingo, y otra un
besito en las domingas. Quedaría mal.
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En la bandeja superior de la caja de herramientas también debe estar la
gramática, y no me vengas con quejas de que no entiendes de gramática, que
nunca la has entendido, que cateaste lengua en el instituto, que escribir es
divertido pero la gramática es un palizón...
Tranquilo. Que no cunda el pánico. No vamos a dedicarle mucho
tiempo, por el simple motivo de que no hace falta. Los principios gramaticales
de la lengua materna, o se absorben oyendo hablar y leyendo, o no se
absorben. La asignatura de lengua hace (o pretende) poca cosa más que poner
nombres a las partes.
Y aquí no estamos en el instituto. Ahora que ya no tienes que
preocuparte de a) llevar la falda demasiado larga o demasiado corta, y que se
rían las demás, b) no ser aceptado en el equipo de natación de la universidad,
c) acabar el bachillerato virgen y con granos (y hasta morirse de la misma
manera, vete tú a saber), d) que el profesor de física no ponga las notas según
el nivel de la clase, o e) no ser querido por nadie (ni haberlo sido nunca...),
ahora que nos hemos quitado de encima toda esa mierda superfina puedes
estudiar determinadas disciplinas académicas con un grado de concentración
imposible en los días del manicomio educativo. Además, cuando empieces te
darás cuenta de que ya lo sabes casi todo. Ya he dicho que se trata más que
nada de desoxidar las brocas y afilar la hoja de la sierra.
Y... menos cuento, joder. Si eres capaz de acordarte del contenido del
bolso, de la alineación de los Yankees de Nueva York o los Oilers de Houston,
o del sello donde apareció el Hang On Sloopy de los McCoys, también puedes
acordarte de las diferencias entre el gerundio y el participio.
He reflexionado muy a fondo sobre la posibilidad de incluir en el librito
una sección pormenorizada sobre gramática, y me ha costado tiempo y
esfuerzo decidirme. A una parte de mí le gustaría, porque es una disciplina
que impartí fructíferamente en el instituto (oculta bajo el nombre de «inglés
comercial»), y con la que disfruté siendo estudiante. La gramática americana
no es tan robusta como la inglesa (un publicista británico con buena formación
es capaz de hacer que un anuncio de condones estriados suene igual que la
Carta Magna de los cojones), pero, dentro de su desgaliche, tiene cierto
encanto.