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Al final me he decidido por el no, sin duda por la misma razón que
William Strunk para no recapitular lo básico en la primera edición de The
Elements of Style: porque el que no lo sepa ya no está a tiempo de aprenderlo.
Además, a la gente que sea refractaria del todo al aprendizaje de la gramática
(como yo a aprender determinados riffs y progresiones de guitarra) tampoco
va a interesarles un libro así, o no mucho. En ese sentido, predico a conversos.
A pesar de ello, pido permiso para avanzar un poco más.
El vocabulario, oral o escrito, se reparte en siete categorías lingüísticas
(ocho si contamos las interjecciones, como «¡ah!», «¡uy!», «¡caray!»). El
mensaje que se construye con ellas debe organizarse de acuerdo con unas
reglas consensuadas de gramática. Infringirlas significa romper o dificultar la
comunicación. Una gramática defectuosa genera frases defectuosas, como:
«En tanto que madre de cinco hijos, y con otro en camino, mi tabla de
planchar siempre está abierta.»
Las dos partes indispensables de la escritura son los nombres y los
verbos. Sin el concurso de ambos no existiría ningún grupo de palabras que
mereciera el apelativo de frase, porque frase, por definición, es un grupo de
palabras que contiene sujeto (nombre) y predicado (verbo). Las cadenas de
palabras así definidas empiezan con mayúscula, acaban con punto y,
combinadas, forman
un pensamiento completo, que nace en la cabeza del escritor y salta a la del
lector.
¿Siempre hay que hacer frases completas? ¿Sin excepción? ¡Dios nos
libre! Si lo que escribes está hecho de fragmentos y cláusulas sueltas, no
vendrá la brigada gramatical a detenerte. El propio William Strunk, una
especie de Mussolini de la retórica reconoció la deliciosa flexibilidad del
idioma. Escribe: «Según consta desde antiguo, a veces los mejores escritores
se saltan las reglas de la retórica.» No obstante, añade la siguiente
observación, que te aconsejo tomar en cuenta: «A menos que esté seguro de
actuar con acierto, probablemente [el escritor] haga bien en seguir las reglas.»
En este caso, la cláusula reveladora es «a menos que esté seguro de
actuar con acierto». ¿Cómo estarlo sin una noción, por rudimentaria que sea,
de cómo se convierten las partes del discurso en frases coherentes? Es más:
¿cómo reconocer los errores? La respuesta es obvia: no se puede. La persona
que tiene nociones básicas de gramática descubre en su núcleo una
simplicidad reconfortante, donde lo único imprescindible son los nombres,
palabras que designan, y los verbos, palabras que actúan.
Juntando un nombre cualquiera con un verbo cualquiera siempre se
obtiene una frase. No falla. «Las piedras explotan», «Jane transmite», «Las
montañas flotan». Son todas frases perfectas. En muchos casos, las ideas