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Los señores Strunk y White no formulan ninguna hipótesis sobre la
afición de muchos escritores a la voz pasiva, pero yo me atrevo. Me parece
que es una afición propia de escritores tímidos, igual que los enamorados
tímidos tienen predilección por las parejas pasivas. La voz pasiva no entraña
peligro. No obliga a enfrentarse con ninguna acción problemática. Basta con
que el sujeto cierre los ojos y piense en Inglaterra, parafraseando a la reina
Victoria. Creo, además, que los escritores inseguros también tienen la
sensación de que la voz pasiva confiere autoridad a lo que escriben, y puede
que hasta cierta majestuosidad. Supongo que es verdad, al menos en la medida
en que puedan parecer majestuosos los manuales de instrucciones y los
escritos jurídicos.
Escribe el tímido: «La reunión ha sido programada para las siete.» Es
como si le dijera una vocecita: «Dilo así y la gente se creerá que sabes algo.»
¡Abajo con la vocecita traidora! ¡Levanta los hombros, yergue la cabeza y
toma las riendas de la reunión! «La reunión es a las siete.» Y punto. ¡Ya está!
¿A que sienta mejor?
Tampoco propongo suprimir del todo la voz pasiva. Supongamos, por
ejemplo, que se muere alguien en la cocina, pero que acaba en otra habitación.
Una manera digna de explicarlo es «El cadáver fue trasladado de la cocina y
depositado en el sofá del salón.», aunque confieso que el «fue trasladado» y el
«fue depositado» siguen poniéndome los pelos de punta. Los acepto, pero no
los aplaudo. Preferiría «Freddie y Myra sacaron el cadáver de la cocina y lo
depositaron en el sofá del salón». Además, ¿por qué tiene que ser el cadáver el
sujeto de la frase? ¡Coño, si está muerto! Bueno, da igual.
Dos páginas seguidas de voz pasiva (las que hay en casi cualquier texto
comercial, y en kilos y kilos de narrativa barata) me dan ganas de gritar.
Queda fofo, demasiado indirecto, y a. menudo enrevesado. «El primer beso
siempre será recordado por mi memoria como el inicio de mi idilio con
Shayna.» ¿Qué tal? Un bodrio, ¿no? Hay maneras más sencillas de expresar la
misma idea, y con más ternura y más fuerza. Por ejemplo así: «Mi idilio con
Shayna empezó con el primer beso. No lo olvidaré.» No es que me encante,
por el doble «con», pero al menos nos hemos desmarcado de la voz pasiva
maldita.
También te habrás fijado en que, partida en dos ideas, la idea original es
mucho más fácil de entender. Es una manera de facilitarle las cosas al lector, y
siempre hay que pensar primero en el lector; sin él sólo eres una voz que pega
rollos sin que la oiga nadie. Tampoco creas que es tan fácil estar al otro lado,
el de la recepción, «Will Strunk ha visto que el lector casi siempre tiene
graves dificultades —dice E. B. White en su introducción a The Elements of
Style— que está como en arenas movedizas, y que cualquier persona que