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En estas tres frases, «exclamó», «suplicó» y «dijo» son verbos de
atribución de diálogo. Veamos ahora las siguientes, y dudosas revisiones:
—¡Suéltalo! —exclamó amenazadoramente.
—Devuélvemelo —suplicó lastimosamente—. Es mío.
—No sea tonto, Jekyll —dijo despectivamente Utterson.
Las tres tienen menos fuerza que el original, por una razón que a pocos
lectores se les escapará. La mejor del grupo es «no sea tonto, Jekyll —dijo
despectivamente Utterson»; sólo es un tópico, al contrarío que las otras,
francamente risibles- Las atribuciones de esta clase también se llaman
«Swifties», en referencia a Tom Swift, el valiente héroe-inventor que
protagonizó una serie de novelas de aventuras escritas por Victor Appleton II.
El autor tenía afición por frases como: «¡Haced conmigo lo que queráis! —
exclamó valientemente Tom», o «Me ha ayudado mi padre con las ecuaciones
—dijo modestamente Tom». En mi adolescencia había un juego que consistía
en crear swifties ingeniosos (o simplemente idiotas), como: «Salgamos del
camarote —dijo encubiertamente», o «Hoy salgo de la cárcel —dijo
expresamente». Cuando tengas que decidir si plantas algún pernicioso diente
de león adverbial en la atribución, sugiero que te preguntes si te apetece
escribir algo que acabe como excusa para un juego.
Algunos escritores intentan esquivar la regla antiadverbios inyectando
esferoides al verbo de atribución. A cualquier lector de novelas baratas le
sonará el resultado:
—¡Suelte la pistola, Utterson! —graznó Jekyll.
—¡No pares de besarme! —jadeó Shayna.
—¡Qué puñetero! —le espetó Bill.
No caigas en ello. Te lo pido por favor. La mejor manera de atribuir
diálogos es «dijo». El que quiera verlo aplicado de manera estricta, que lea o
relea alguna novela de Larry McMurtry, el Shane de la atribución dialogística.
Parecerá una ironía pero lo digo con absoluta sinceridad. McMurtry ha dejado
que le crezca muy poco diente de león en el césped. Es un adepto del «dijo»,
hasta en los momentos de crisis emocional (y en sus novelas hay muchos).
Sigue su ejemplo. (Dijo el cura.)
¿Es un caso de «haz lo que te digo, no lo que me veas hacer»? El lector
tiene pleno derecho a preguntarlo, y yo el deber de darle una respuesta sincera.
Sí. Rotundamente sí. El que repase algunos títulos de mi producción se dará
cuenta enseguida de que soy un simple pecador. He sabido esquivar bastante