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bien la voz pasiva, pero en mi época también me he deshecho en adverbios,
algunos (vergüenza me da decirlo) en diálogos. Suele ser por la misma razón
que los demás escritores: por miedo de que si no los pongo no me entienda el
lector.
Soy de la opinión de que los defectos de estilo suelen tener sus raíces en
el miedo, un miedo que puede ser escaso si sólo se escribe por gusto
(recuérdese que he hablado de timidez), pero que amenaza con intensificarse
en cuanto aparece un plazo de entrega (la revista del colé, un artículo de
periódico...). Dumbo consiguió volar gracias a una pluma mágica, y, por el
mismo motivo, es posible que un escritor sienta el impulso de recurrir a un
verbo en pasiva o un adverbio maléfico. Antes de sucumbir, acuérdate de que
a Dumbo no le hacia falta la pluma porque él también tenía magia.
Es probable que sepas de qué hablas, y que no haya ningún peligro en
fortalecer tu prosa con verbos activos. También es probable que tu relato esté
bastante bien narrado para confiar en que, si usas «dijo», el lector sepa cómo
lo dijo: rápidamente, lentamente, alegremente, tristemente... Puede ser que
esté el pobre en arenas movedizas; si es así, no dejes de echarle un cabo... pero
no hace falta dejarlo grogui con treinta metros de cable de acero.
A menudo, escribir bien significa prescindir del miedo y la afectación.
De hecho, la propia afectación (empezando por la necesidad de calificar de
«buenas» determinadas maneras de escribir, y otras de «malas») tiene mucho
que ver con el miedo. Escribir bien también es acertar en la selección previa
de herramientas.
En estas cuestiones no hay ningún escritor libre de pecado. Aunque E.
B. White cayera en las garras de William Strunk siendo un simple e ingenuo
estudiante de la universidad de Cornell (que me los den jovencitos y ya no
escaparán, ja, ja, ja), y aunque entendiera y compartiera el prejuicio de Strunk
contra la imprecisión de estilo, y la de pensamiento que la precede, él mismo
reconoce: «Debo de haber escrito mil veces "el hecho de que" en el ardor de la
redacción, y luego, al revisar el texto fríamente, debo de haberlo tachado unas
quinientas. A estas alturas de la liga me entristece tener un promedio tan bajo,
y no ser capaz de batear una pelota que viene tan derecha.» A pesar de ello, E.
B. White siguió escribiendo muchos años después de la revisión inicial del
«librito» de Strunk, hecha en 1957. Yo tampoco pienso abandonar la literatura
sólo por haber tenido lapsus tan tontos como «Seguro que no lo dices en serio
—dijo incrédulamente Bill», y espero lo mismo de tí. Por fácil que parezca un
idioma, siempre está sembrado de trampas. Sólo te pido que te esfuerces al
máximo, y ten presente que escribir adverbios es humano, pero escribir «dijo»
es divino.