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Levanta la bandeja superior de la caja de herramientas (los trastos del
vocabulario y la gramática). La capa de debajo corresponde a los elementos
estilísticos que ya he abordado. Strunk y White ofrecen las mejores
herramientas (y reglas) que quepa desear, y las describen de manera sencilla y
clara. Las ofrecen con un rigor refréscame, empezando por reglas básicas,
como la de formación de posesivos, y acabando con ideas sobre la colocación
más oportuna de las partes esenciales de la frase.
Antes de abandonar los elementos básicos de la forma y el estilo, habría
que dedicar unos minutos al párrafo, la forma de organización que sigue a la
frase. Para ello coge una novela de la estantería, una que no hayas leído, si
puede ser. (Lo que explico vale para casi toda la prosa, pero, como soy
novelista, cuando pienso en escribir suelo pensar en narrativa.) Ábrela por la
mitad y elige dos páginas cualesquiera. Observa la forma visual: los
renglones, los márgenes, y sobre todo los espacios en blanco que
corresponden al principio o final de cada párrafo.
¿Verdad que no hace falta leer el libro para saber si has escogido uno
fácil o difícil? Los fáciles contienen gran cantidad de párrafos cortos
(incluidos los de diálogo, que pueden tener sólo una o dos palabras) y mucho
espacio en blanco. Son como algunos helados que llevan mucho aire. Los
libros difíciles, con densidad de ideas, narración o descripción, presentan un
aspecto más macizo, más apretado. El aspecto de los párrafos es casi igual de
importante que lo que dicen. Son mapas de intenciones.
En la prosa expositiva los párrafos pueden ser ordenados y utilitarios, v
hasta conviene que lo sean. El patrón ideal de párrafo expositivo contiene una
frase-tema seguida por otras que la explican o amplían. Para ejemplificar esta
manera de escribir, sencilla pero con fuerza, reproduzco dos párrafos de la
clásica redacción de instituto, cuya popularidad no decae.
A los diez años me daba miedo mi hermana Megan. Era
incapaz de entrar en mi habitación sin romperme como
mínimo uno de mis juguetes preferidos, casi siempre el que
me gustaba más de todos. Su mirada tenía poderes
destructores casi mágicos sobre el celo: sólo tenía que mirar
un póster y a los pocos segundos se caía solo de la pared.
También desaparecían prendas queridas del cajón. No es que
se las llevara (yo al menos no lo creo), pero las hacía
desaparecer. Normalmente, la camiseta o las Nike tan
lloradas reaparecían debajo de la cama varios meses después,