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tristes v abandonadas en el polvo del fondo. Con Megan en
mi habitación fallaban los altavoces, se enrollaban de golpe
las persianas y casi siempre se me apagaba la lámpara de la
mesa.
También era capaz de una crueldad consciente. Una vez
me tiró zumo de naranja en los cereales. Otra, mientras me
duchaba, me puso pasta de dientes en el fondo de los
calcetines. Y aunque ella nunca lo admitiera, estoy
convencido de que siempre que me quedaba dormido en el
sofá durante la media parte de los partidos de béisbol que
daban por la tele los domingos por la tarde, Megan me
enredaba cosas en el pelo.
En general, las redacciones son una cosa tonta y sin sustancia; escribir
chorraditas así no enseña nada de provecho en el mundo real. Las ponen los
profesores cuando no se les ocurre ninguna otra manera de hacer perder el
tiempo a sus alumnos. Ya se sabe cuál es el tema más famoso: «Mis
vacaciones de verano.» Yo, durante un año, impartí escritura en la
Universidad de Maine, y reñía una clase llena de deportistas y animadoras.
Les gustaban. las redacciones, porque era como volver al instituto. Me pasé
todo un semestre reprimiendo el impulso de pedirles que entregaran dos
páginas sobre el tema «Qué pasaría si Jesús estuviera en mi equipo». Me
contenía la certeza, absoluta y terrible de que la mayoría le habría puesto
mucho entusiasmo. Hasta habría alguno que llorara en plena labor creativa.
A pesar de lo dicho, la fuerza de la forma básica del párrafo puede
apreciarse hasta en las redacciones. La secuencia «frase-tema más descripción
y profundización» le exige al escritor organizar sus ideas, además de
protegerlo de las divagaciones. En las redacciones no pasa nada si se divaga;
de hecho es casi de rigor, pero en registros más formales causa muy mal
efecto. La escritura es pensamiento depurado. El que haga una tesis y le salga
igual de organizada que una redacción de instituto sobre el tema «Por qué me
excita Shania Twain», que sepa que lo tiene crudo.
Dentro de la narrativa, el párrafo está menos estructurado; en vez de
melodía es ritmo. Cuanta más narrativa se lee, más se da uno cuenta de que los
párrafos se forman solos. Como tiene que ser. Al escribir conviene no pensar
demasiado en dónde empieza y termina el párrafo. El truco es dejar que sigan
su curso. Después, sí no te gusta el resultado, lo arreglas y listos. Es lo que se
llama revisar. Veamos ahora lo siguiente: