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diversifican el ritmo y hacen que no pierda frescura el estilo. Es una técnica
que usa muy bien el novelista de suspense Jonathan Kellerman. Escribe en
Survival of the Fittest: «El barco consistía en diez lustrosos metros de fibra de
vidrio con ribeteado gris. Largos mástiles con las velas atadas. En el casco,
pintado en negro con borde dorado, Satori.»
Se trata de un recurso del que se puede abusar (como hace a veces el
propio Kellerman), pero la fragmentación es muy útil para estilizar la
narración, generar imágenes nítidas y crear tensión, además de infundir
variedad a la prosa. La sucesión de frases gramaticales puede volverla más
rígida y menos maleable. No es una idea que sea del agrado de los puristas,
que la negarán hasta el final de sus días, pero es cierta. El lenguaje no está
obligado a llevar permanentemente corbata y zapatos de cordones. El objetivo
de la narrativa no es la corrección gramatical, sino poner cómodo al lector,
contar una historia... y, dentro de lo posible, hacerle olvidar que está leyendo
una historia. El párrafo anterior de frase única se parece más al habla que a la
prosa escrita, y bien está. Escribir es seducir. La seducción tiene mucho que
ver con hablar con gracia. Si no, ¿por qué hay tantas parejas que empiezan
cenando juntas y acaban en la cama?
Las demás funciones del párrafo son la dirección de escena subrayar
(poco, pero provechosamente) los personajes y el marco, y generar un
momento crucial de transición. Big Tony empieza defendiendo la veracidad de
su historia y pasa a exponerlo que recuerda de O’Leary. Dado que la fuente
del diálogo no cambia, el hecho de que Tony se siente y encienda un pitillo
podría incluirse en el mismo párrafo y retomar el diálogo justo después, pero
el autor prefiere otra opción. Como Big Tony cambia el enfoque de sus
palabras, el escritor parte el diálogo en dos párrafos. Es una decisión tomada
al vuelo de la escritura, una decisión que se basa exclusivamente en el ritmo
que tiene en la cabeza el autor. El ritmo en cuestión se lleva en los circuitos
genéticos (si Kellerman fragmenta mucho es porque «oye» así), pero también
es el resultado de las miles de horas que ha tenido que pasar escribiendo el
narrador, y de las decenas de miles que puede haber dedicado a la lectura de
textos ajenos.
Yo soy del parecer de que la unidad básica de la escritura es el párrafo,
no la frase. Es de donde arranca la coherencia, y donde las palabras tienen la
oportunidad de ser algo más que meras palabras. La aceleración, suponiendo
que en algún momento se produzca, ocurrirá a nivel de párrafo. Es un
instrumento fantástico, flexible. Puede tener una palabra o durar varias
páginas (en la novela histórica Paradise Falls, de Don Robertson, hay un
párrafo de dieciséis páginas, y en El árbol de la vida, de Ross Lockridge, se