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historia hasta un extremo al que no puede aspirar ninguna película o programa
de televisión. Hemos leído mil páginas y aún no tenemos ganas de abandonar
el mundo que nos ha regalado el escritor, o a la gente imaginaria que lo habita.
Si hubiera dos mil páginas, las acabaríamos con la misma sensación. Un
ejemplo perfecto es la trilogía de Tolkien sobre el Señor de los Anillos. Desde
la Segunda Guerra Mundial, sus mil páginas de hobbits no han saciado a tres
generaciones sucesivas de aficionados al género fantástico. Nadie ha tenido
suficiente, ni siquiera añadiendo aquel epílogo amazacotado que es El
Silmarillion. De ahí Terry Brooks, Piers Anthony, Robert Jordan, los conejos
viajeros de La colina de Watership y medio centenar de obras más. Los
autores de estos libros crean a los hobbits que seguían añorando; intentan
recuperar de los Puertos Grises a Frodo y Sam porque ya no está Tolkien para
hacerlo.
En sus aspectos más básicos, estamos hablando de una simple técnica,
pero ¿estamos o no de acuerdo en que las habilidades más básicas pueden dar
frutos que superen todas las expectativas? Hemos hablado de herramientas y
carpintería, de palabras de estilo... pero a medida que progresemos, convendrá
tener presente que también hablamos de magia.