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Abordo el corazón de este libro con dos tesis sencillas. La primera es
que escribir bien consiste en entender los fundamentos (vocabulario,
gramática, elementos del estilo) y llenar la tercera bandeja de la caja de
herramientas con los instrumentos adecuados. La segunda es que, si bien es
imposible convertir a un mal escritor en escritor decente, e igual de imposible
convertirá un buen escritor en fenómeno, trabajando duro, poniendo empeño y
recibiendo la ayuda oportuna sí es posible convertir a un escritor aceptable,
pero nada más, en buen escritor.
Dudo que existan muchos críticos o profesores de escritura que
compartan la segunda idea. Suelen ser profesionales de ideario político liberal,
pero que en su campo son auténticos huesos.
Una persona puede estar dispuesta a salir a la calle en protesta contra la
exclusión de los afroamericanos o los indios norteamericanos (ya imagino la
opinión del señor Strunk sobre estos términos, políticamente correctos pero
desmañados) de algún club, y luego decir a sus alumnos que el talento de
escritor es fijo e inmutable. Los del montón, en el montón se quedan. Aunque
un escritor se gane el aprecio de uno o dos críticos, siempre llevará el estigma
de su reputación anterior, igual que una mujer casada y respetable pero con un
hijo tenido en la adolescencia- Es tan sencillo como que hay gente que no
olvida, y que la crítica literaria, en gran medida, sólo sirve para reforzar un
sistema de castas igual de antiguo que el esnobismo intelectual que lo ha
alimentado. Hoy en día, Raymond Chandler está reconocido como figura
importante de la literatura norteamericana del siglo XX, uno de los primeros
en describir la alienación de la vida urbana en las décadas de la última
posguerra, pero sigue habiendo una larga nómina de críticos que rechazarían
de plano el veredicto.
«¡Es un escritor barato!», exclaman indignados. «¡Un escritor barato con
pretensiones! ¡Lo peor que hay! ¡De los que se creen que pueden confundirse
con nosotros!»
Los críticos que intentan superar esta arteriosclerosis intelectual sólo lo
consiguen a medias. Puede que sus colegas acepten a Chandler entre los
grandes, pero seguro que lo sientan al final de la mesa. Y nunca faltan
cuchicheos: «Claro, es que viene de las novelas de quiosco.,. ¿A que tiene
buenos modales? Para ser de esa gente... ¿Sabes que en los años treinta [!]
publicó en Black Mask? ¡Qué vergüenza!»
Hasta Charles Dickens, el Shakespeare de la novela, ha pagado su
afición a los argumentos sensacionalistas, su desatada fecundidad (si no hacía
novelas hacía niños con su esposa) y, cómo no su éxito perenne entre el
gallinero lector, de su época y la nuestra, con la agresión constante de la
crítica. Los críticos y especialistas siempre han recelado del éxito popular.