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es una sensación que forma parte de la formación imprescindible de todos los
escritores. Nadie puede aspirar a seducir a otra persona por la fuerza de la
escritura hasta no haberlo experimentado personalmente.
Vaya, que leemos para conocer de primera mano lo mediocre y lo
infumable. Es una experiencia que nos ayuda a reconocer ambas cosas en
cuanto se insinúan en nuestro propio trabajo, y a esquivarlas. También leemos
para medirnos con los buenos escritores y los genios, y saber hasta dónde se
puede llegar. Y para experimentar estilos diferentes.
Quizá te encuentres con que adoptas el estilo que más admiras. No tiene
nada de malo. De niño, cuando leía a Ray Bradbury, escribía como él: todo era
verde y maravilloso, todo visto por una lente manchada por el aceite de la
nostalgia. Cuando leía a James M. Cain me salía todo escueto, entrecortado y
duro. Cuando leía a Lovecraft, mi prosa se volvía voluptuosa y bizantina.
Algunos relatos de mi adolescencia mezclaban los tres estilos en una especie
de estofado bastante cómico. La mezcla de estilos es un escalón necesario en
el desarrollo de uno propio, pero no se produce en el vacío. Hay que leer de
todo, y al mismo tiempo depurar (y redefinir) constantemente lo que se
escribe. Me parece increíble que haya gente que lea poquísimo (o, en algunos
casos, nada), pero escriba y pretenda gustar a los demás. Sin embargo, sé que
es cierto. Si tuviera un centavo por cada persona que me ha dicho que quiere
ser escritor pero que «no tiene tiempo de leer», podría pagarme la comida en
un restaurante bueno ¿Me dejas que te sea franco? Si no tienes tiempo de leer
es que tampoco tienes tiempo (ni herramientas) para escribir. Así de sencillo
Leer es el centro creativo de la vida de escritor. Yo nunca salgo sin un
libro, y encuentro toda clase de oportunidades para enfrascarme en él. El truco
es aprender a leer a tragos cortos, no sólo a largos. Es evidente que las salas de
espera son puntos de lectura ideales, pero no despreciemos el foyer de un
teatro antes de la función, las filas aburridas para pagar en caja ni el clásico de
los clásicos: el váter. Gracias a la revolución de los audiolibros, se puede leer
hasta conduciendo. Entre seis y doce de mis lecturas anuales son grabadas. En
cuanto a que te pierdas cosas fabulosas por la radio... A ver, ¿cuántas veces
puedes escuchar a los Deep Purple cantando Highway Star?
La gente bien considera de mala educación leer en la mesa, pero si
aspiras a tener éxito como escritor deberías poner los modales en el penúltimo
escalón de prioridades. El último debería ocuparlo la gente bien y sus
expectativas. De todos modos, SÍ adoptas la sinceridad como divisa de lo que
escribes, tus días como integrante de tan selecta colectividad están contados.
¿Dónde más leer? Pues en la cinta de correr, o en el aparato que uses
cuando vas al gimnasio. Yo, que procuro hacer una hora de aparatos al día,
creo que sin la compañía de una buena novela me volvería loco. Hoy en día,