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casi todas las instalaciones para el ejercicio físico (tanto domésticas como para
gimnasios) tienen tele instalada, pero la verdad es que la tele es lo que menos
falta le hace a un aspirante a escritor, ni haciendo gimnasia ni en cualquier
otro momento del día. Si sientes como algo imprescindible tener puestos a los
bocazas de la CNN dando las noticias mientras haces ejercicio, o a los bocazas
de la MSNBC hablando de la bolsa, o a los bocazas de la ESPN dando los
deportes, ya va siendo hora de que te preguntes por el grado de seriedad de tus
aspiraciones de escritor. Tienes que estar dispuesto a replegarte a conciencia
en la imaginación, y me parece que no es muy compatible con los
presentadores de los talk-shows de moda. Leer toma su tiempo, y el pezón de
cristal te roba demasiado.
Una vez destetada del ansia efímera de tele, la mayoría descubrirá que
leer significa pasar un buen rato. He aquí mi sugerencia: la desconexión de la
caja-loro es una buena manera de mejorar la calidad de vida, no sólo la de la
escritura. Además, ¿de cuánto sacrificio hablamos? ¿Cuántas reposiciones de
Frasier y Urgencias hacen para relizarte como norteamericano? ¿Cuántos
horas de teletienda? ¿Cuántas...? No sigo, que me sulfuraría.
Cuando mi hijo Owen tenía siete años se quedó prendado de la E Street
Band de Bruce Springsteen, sobre todo de Clarence Clemons, el saxofonista
corpulento del grupo. Entonces pensó que quería tocar como él. A mi mujer y
a mí su ambición nos divirtió y encantó. También reaccionamos como
cualquier padre: con la esperanza de que nuestro hijo revelara talento, y hasta
que fuera un niño prodigio. En Navidad te regalamos un saxo y lo apuntamos
a clases con Gordon Bowie, un músico de la zona. Después cruzamos los
dedos y esperamos que hubiera suerte.
A los siete meses le propuse a mi mujer que interrumpiéramos las clases
de saxo, siempre que Owen estuviera de acuerdo. Lo estuvo, y con alivio
patente. El no había querido decirlo, y menos después de haber pedido el saxo,
pero le habían bastado siete meses para darse cuenta de que no era lo suyo,
aunque estuviera apasionado por el sonido de Clarence Clemons. Dios no lo
había dotado de ese talento.
Yo ya me había dado cuenta, y no porque Owen ya no ensayara, sino
porque respetaba estrictamente el horario que le marcaba el señor Bowie:
media hora diaria después del colegio durante cuatro días y una hora el fin de
semana. No es que Owen tuviera ningún problema de memoria, pulmones o
coordinación entre la vista y la mano, porque dominaba las escalas y las notas,
pero nunca le habíamos oído ningún arrebato, ni se sorprendía a si mismo con
nada nuevo. Acabada la media hora de ensayo, metía el saxo en la funda y no
volvía a sacarlo hasta la clase o ensayo siguiente. La lección que extraje fue
que entre mi hijo y el saxo nunca habría música real, sino puro y simple