95
ensayo, y eso no sirve. Si no te diviertes no sirve de nada. Vale más dedicarse
a otra cosa donde puedan ser mayores las reservas de talento, y más elevado el
cociente de diversión.
El talento priva de significado al concepto de ensayo. Cuando descubres
que estás dotado para algo, lo haces (sea lo que sea) hasta sangrarte los dedos
o tener los ojos a punto de caerse de las órbitas. No hace falta que te escuche
nadie (o te lea, o te mire), porque siempre te juegas el todo por el todo; porque
tú, creador te sientes feliz. Quizá hasta en éxtasis. La regla se aplica a todo:
leer y a escribir, tocar un instrumento, jugar a béisbol... Lo que sea. El
programa agotador de lectura y escritura por el que abogo (de cuatro a seis
horas diarias toda la semana) sólo lo parecerá si son actividades que ni te
gustan ni responden a ningún talento tuyo. De hecho, puede que ya estés
siguiendo uno parecido. Si no es así, y te parece que necesitas permiso de
alguien para leer y escribir cuanto te apetezca, considéralo dado en adelante
por un servidor.
La verdadera importancia de leer es que genera confianza e intimidad
con el proceso de la escritura. Se entra en el país de los escritores con los
papeles en regla. La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo
prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos. También te
permite ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a
distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que sólo ocupa
espacio. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el
bolígrafo o el procesador de textos.
2
Si el Gran Mandamiento es «lee mucho y escribe mucho» (y te aseguro
que sí), ¿cuánto es escribir mucho? Evidentemente, depende del escritor. Una
de mis anécdotas favoritas (y que debe de pertenecer al mito, más que a la
realidad) tiene como protagonista a James Joyce.
3
Dicen que fue a verlo un
amigo y encontró al gran hombre medio caído sobre el escritorio, en una
postura de desesperación total.
—¿Qué te pasa, James? —le preguntó el amigo—. ¿Es por el trabajo?
Joyce hizo un gesto de aquiescencia sin levantar la cabeza para mirarlo.
Claro que era el trabajo. ¿Podía haber otra razón?
—¿Hoy cuántas palabras has hecho? —prosiguió el amigo.
3
De Joyce se cuentan anécdotas
buenísimas.
La que me gusta más es que desde que le
fallaba la vista escribía con ropa de lechero. Al parecer creía que esa ropa captaba la luz del
sol y la reflejaba en la página.