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Joyce (desesperado, echado aún de bruces en el escritorio) dijo:
—Siete.
—¿Siete? Pero James... ¡Si está muy bien, al menos para ti!
—Sí —dijo Joyce, decidiéndose a levantar la cabeza—, supongo...
¡Pero es que no sé en qué orden van!
En el otro extremo hay escritores como Anthony Trollope, autor de
verdaderos mamotretos (buen ejemplo es Can You forgive Her?—¿Puedes
perdonarla?—, que para el público moderno podría cambiarse de titulo:
¿Puedes acabarlo de alguna manera?) que se sacaba de la manga con
asombrosa regularidad. Trabajaba en el servicio británico de correos (invento
suyo fueron los buzones rojos que hay por todo el país), pero cada mañana,
antes de salir de casa, escribía dos horas y media. Su horario era férreo. Si el
final de las dos horas y media lo pillaba a media frase, la dejaba sin terminar
hasta la mañana siguiente; y si remataba alguno de sus tochos de seiscientas
páginas faltando un cuarto de hora para el final de la sesión, escribía «FIN»,
apartaba el manuscrito y empezaba el libro siguiente.
El británico John Creasey, autor de novelas policiacas, escribió cinco
mil novelas (sí, cinco mil) bajo distintos seudónimos.
Yo he escrito unas treinta y cinco (algunas de extensión trollopiana) y se me
considera prolífico, pero al lado de Creasey parezco un caso clínico de
bloqueo. Hay varios novelistas contemporáneos que han escrito al menos tanto
como yo (por ejemplo Ruth Rendell/Barbara Vine, Evan Hunter/Ed McBain,
Dean Koontz y Joyce Carol Oates), y algunos que bastante más.
En el lado opuesto (el de James Joyce) aparece Harper Lee, autor de un
solo y excelente libro: Matar un ruiseñor. La lista de los que han escrito
menos de cinco es larga, e incluye a James Agee, Malcolm Lowry y (de
momento) Thomas Harris. Está bien, pero en casos así siempre me pregunto
dos cosas: ¿cuánto tardaron en escribir los libros que sí han escrito, y a qué
dedicaban el resto del tiempo? ¿A hacer punto? ¿A organizar mercadillos en la
parroquia? ¿A deificar ciruelas? Me acusarán de impertinente, y no lo niego,
pero también lo pregunto por sincera curiosidad. Si Dios te ha regalado una
facultad, ¿por qué no vas a ejercerla, por Dios?
En mi caso el horario está bastante claro. Dedico las mañanas a lo
nuevo, la novela o cuento que tenga entre manos, y las tardes a la siesta y la
correspondencia. La noche pertenece a la lectura y la familia, a los partidos
televisados de los Red Sox y a las revisiones más urgentes. Por lo general, la
escritura se concentra en las mañanas.
Cuando he empezado un proyecto no paro, y sólo bajo el ritmo si es
imprescindible. Si no escribo a diario empiezan a ponérseme rancios los
personales, con el resultado de que ya no parecen gente real, sino eso,